Ley, orden y libertad

Desde que vi la película, hace muchos años, me imaginé escribiendo algo sobre ella. Es una de mis favoritas, repleta de aristas sobre varios tópicos que van desde lo sociológico, lo político, lo histórico y también lo psicológico. Clint Eastwood dirige y actúa este notable film, que advierto puede ser presa fácil para ser adjetivado de “fascista”, “racista” y hasta de “conservador”.

Clint Eastwood ha actuado en muchas películas y ha dirigido otro tanto. De las primeras recordar los spaguetti western de Sergio Leone y el mítico Harry el Sucio, así como también sus personajes en Million Dollar Baby y en Los puentes de Madison, entre otros. Eastwood ha sabido ser un actor de mirada gélida y pocas tintas a la hora de hacer justicia por mano propia, así como también enamorarse junto a Meryl Streep en su papel de fotógrafo de National Geographic o ser el paternal entrenador de Hilary Swank.

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En Gran Torino (2008) el veterano (por la edad) actor y director, pero joven por su lúcida mirada sobre los asuntos humanos, se despacha con una película que desborda actualidad por donde se le mire.

El film toca temas tan actuales como la inmigración y la convivencia cultural, el ocaso de un mundo industrializado, los efectos de la caída de los referentes y la función paterna, la necesaria asimetría entre las generaciones, el valor del trabajo, la solidaridad y el esfuerzo, así como el orden y la ley como garantes de una vida en sociedad.

El eje sobre el que pivotea la película es el Ford Gran Torino, modelo ’72, auto que representa varias cosas. Por un lado, modelo de auto salido de fábricas industriales, donde la robotización aún no había llegado y la idea de progreso reinaba por doquier. El  personaje de Eastwood, Walt Kowalski, fue trabajador de esa fábrica y con sus manos armó parte de ese Gran Torino del que es propietario. Aquí uno de los mensajes del film: te ganarás las cosas con sudor y esfuerzo, tal vez lejos del “compre ya” o sustituya algo si se le rompe, incluso las personas y las relaciones. Otra de las cosas que representa el mítico automóvil y su dueño es el de referentes en un barrio multicultural donde la autoridad brilla por su ausencia. La policía, como representante de la justicia, recién aparecerá sobre el final de la película.

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Es en ese barrio donde los negros acosarán a la vecina de Walt, Sue, y donde los chinos le pedirán al hermano de Sue, Thao (sólo y perdido), que robe el Gran Torino como prueba iniciática para sumarse a la banda juvenil/criminal.

Este acto de querer apropiarse de algo que no le pertenece propiciará la relación paterno filial entre Walt y Thao, que irá desarrollándose y fortaleciéndose conforme avance el film. Walt, a diferencia de lo que pudo lograr con sus propios hijos, acompañará y guiará al joven Thao, dotándolo progresivamente de las herramientas para valerse en la vida. Será su ladero cuando lo ayude a forjarse un oficio, cuando lo anime a acercarse a una chica y cuando lo proteja privándole de hacer justicia con mano propia. Walt (Eastwood) le dirá a Thao:

‘¿Quieres saber que se siente al matar un hombre? Pues algo horrible, maldita sea. Lo único peor es que te den una medalla de valor para matar a un pobre crío que lo único que quería era rendirse. Sí, un amarillo joven y asustado como tú. Le disparé en toda la cara con esa arma que tenías en las manos hace un segundo. No hay un solo día que no lo recuerde y no querrás vivir con eso. Yo ya me he manchado las manos de sangre. Las tengo sucias, por eso voy a ir solo esta noche.’

Sue, la hermana de Thao, desempeña un papel central en la trama. Ella representará el puente entre su familia (de la etnia Hmong del sudeste asiático) y la tierra que los acoge (EEUU). En un mundo de mujeres (la abuela, la madre y ella misma), Sue, siendo la más lúcida, habilitará y fomentará la salida de su hermano hacia el mundo, hacia Walt, con quien luego de un mal inicio lograrán “volar juntos” y enriquecerse en el camino. Pero tengámoslo presente: es Sue quien le abrirá, a diferencia de su madre y abuela, las puertas del nido a Thao para que emprenda vuelo y se abra camino en la vida. Tal vez aquí, entonces, otro mensaje de la película: es una mujer quien habilita a su “cría/pichón/ príncipe” para que salga del nido y pueda volar y con el paso del tiempo, vía ensayo y error, armar rancho (o nido) aparte.

En el plano psicológico y también social se cruzan las líneas acerca de la libertad y el estar preso/encerrado/privado de libertad. Thao, sin posibilidad de alguien que lo guíe en su vuelo más allá del nido materno (calentito y ¿seguro?), permanecerá preso, miedoso y sin herramientas para desenvolverse en el espacio más allá del hogar… hasta que primero quiera robar el Gran Torino y luego, relación mediante con Walt, logre hacerse de la esencia del auto, que no es otra que el esfuerzo, la paciencia, el trabajo y la potencia.

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También el film aborda las diferentes formas de ejercer y vivir la masculinidad en tiempos de ausencia de referentes con los que identificarse y luego, llegado el caso, desidentificarse y construir/se un modelo propio. La violencia de las pandillas y bandas juveniles, carentes de límites y regulación, dejarán ver su peor cara, que no es otra que la peor faceta que tiene la violencia masculina. En la primera parte de la película Sue le dirá a unos pandilleros: “¿Me vas a pegar? Es lo único que te falta”, dando cuenta de la debilidad, impotencia y carencia de fuerza de esos hombres, de muchos hombres actuales. Esto me hizo acordar a un comentario del mediático y tildado también de polémico, Jordan Peterson, cuando afirma lo siguiente en una entrevista: “… hay tres géneros de orangutanes: las hembras; los machos dominantes, que cautivan a todas las hembras; y los machos débiles, que morfológicamente parecen adolescentes y que, como no logran aparearse, recurren a la violación. ¡Violan! La lección es evidente: sólo los perdedores recurren al poder para obtener más sexo del que, necesitándolo, pueden alcanzar”.

En tiempos de rock & samba, Gran Torino, aún cuando hayan pasado diez años desde su estreno, me animaría a decir que va camino a convertirse en una película clásica, posible de ser leída desde varias ópticas. Tal vez la más potente sea la relativa a la libertad y la reclusión. El personaje de Eastwood es un ser preso de su pasado que hizo lo que pudo con su vida, preso de un modo de vivir la masculinidad que posiblemente no le permitió conectar emocionalmente con sus hijos. Muestra como ese personaje tan monolítico va desnudando su alma y convirtiéndose en un ser con matices, capaz de transmitir que no es con la fuerza, con las armas, que se soluciona y se regula la vida en sociedad.

Al tiempo que da muerte a su personaje de Harry el Sucio  y con ello a un modo de entender la masculinidad y aplicar justicia, Eastwood con esta película creo yo que nos deja un mensaje relativo a la libertad y a los sacrificios necesarios para que ella se puede desplegar y ejercer. No es libre quien vive fuera de la cárcel sino quien logra poner coto a su violencia intrínseca, hacer las paces con su historia y vivir e investir con seguridad, confianza e integridad el tiempo presente y el porvenir.

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Thao disfruta del Gran Torino, de lo que éste representa, gracias a que Walt se sacrificó para que ello ocurriese. Es posible que estén haciendo falta muchos Walt Kowalski en familias, organizaciones y comunidades, capaces de ordenar el juego y habilitar el vuelo de las nuevas generaciones.

 

4 comentarios sobre “Ley, orden y libertad

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