La pandemia es una pregunta

Agosto se va y este extraño 2020 aún nos tiene con el Covid-19 como protagonista principal, actor que atraviesa casi cualquier análisis de nuestras vidas cotidianas y proyecciones sobre el futuro. Sin dudas que en nuestro Uruguay la situación es mucho más benévola que lo que acontece en otras latitudes, donde el confinamiento, cuarentena, así como el número infectados, enfermos y fallecidos se cuentan por miles. La bendita vacuna que llegará para liberarnos y hacernos retornar a un mundo por lo menos parecido al de antes aún brilla por su ausencia, a pesar de los anuncios de Rusia y otros países sobre los avances en ese sentido.

En un análisis ultra-rápido, esta pandemia podría parecer un domingo siete, es decir un acontecimiento que, como un rayo en un día de sol, hubiera llegado para arruinar la fiesta. Pues no, esta pandemia ha llegado no cuando el sol y una brisa suave acariciaban nuestras existencias. Este siglo en curso, que había comenzado con los atentados del 11 de setiembre de 2001, ya venía agitado y mostrando señales de agotamiento. Las sociedades, aquí y allá, parecen pelotones estirados con rezagados descuidados y sin horizontes ni proyectos a los que unirse. Un desafío tanto para gobiernos como para cualquier persona que esté a cargo de algo, llámese esto comunidad, empresa, familia o uno mismo.

No hay dudas que esta inédita situación desgarró la red o el entramado de relaciones, rituales, proyectos y hábitos en los que habitábamos. Ha dejado al descubierto, al igual que la marea baja, todas las fragilidades y vulnerabilidades que en el medio del vértigo y la fiesta no podíamos y quizás no queríamos ver de frente. A nivel social, comunitario, familiar y subjetivo el desgarro de la red en las que nos encontramos ha derivado en situaciones de todo tipo. Algunos se han enriquecido transformando y transformándose en este tiempo de duelo, crisis y pérdidas, otros se debaten en el padecimiento de nuevos o reactivados conflictos emocionales, mientras que otros tantos han convertido a sus cuerpos (a sus organismos) en el escenario donde se libra la batalla contra esta realidad que impuso el coronavirus.

Según el lugar del que hablemos, el mundo se detuvo o está en pausa, al tiempo que unos y otros hemos quedado pedaleando en el aire. Huir o negar, además, se han convertido en una empresa casi imposible. En estos meses la angustia y ansiedades han sido un común denominador y toda una dificultad asimilar que sus presencias tienen una función orientadora más que afectos que soportar. La angustia es la llave para la transformación, la señal de que algo que no funciona también es la puerta para emprender el viaje del cambio.

Calcular cada movimiento, no perder nada, saber anticipadamente todo y creer que hay garantías y certezas parecen asuntos más de películas de Disney o cajitas de McDonalds que de nuestras vidas cotidianas. El Covid-19 tal vez llegó para recordarnos que vivir es habitar la incertidumbre y esto es sin garantías. Claro que sí, siempre es más fácil obedecer que pensar.

Nuestros antepasados, hace millones de años, ya sabían de estos dilemas y cuestiones. Refugiarse en la tradición y huir de lo incierto también le pasó a los primeros homínidos, quienes al igual que los simios (nuestros parientes lejanos) habitaban la sabana africana trepados a los árboles. Lejos de las amenazas terrestres, allí copulaban, se reproducían, criaban a sus hijos y también morían. Pero pioneros hubo y habrá siempre. En algún momento de nuestra prehistoria grupos de osados y valientes de nuestros parientes lejanos pusieron pie en tierra y comenzaron a explorar la sabana incierta, que además de oportunidades también escondía a depredadores astutos escondidos en la traicionera hierba alta.

Una vez en el suelo, la vanguardia de nuestra especie se fue erigiendo sobre la dos patas traseras y liberando las delanteras. Era una cuestión de supervivencia: había que estar alertas y vigilantes para asegurar la protección propia como la del grupo. El bipedismo, así como la progresiva habilidad y destreza de nuestros miembros delanteros, derivaron en el estrechamiento del canal de parto y en el aumento del tamaño de nuestro cerebro. Ello derivó en que estos últimos dejasen de formarse del todo durante el embarazo para poder alumbrar tras nueve meses. Así, evolución mediante, nuestro centro de comando se convirtió en el órgano de plasticidad que hoy poseemos, convirtiendo una desventaja (nuestra dependencia e inmadurez al nacer) en la ventaja que llevó a nuestra especie a inventar el lenguaje y así dar inicio a la cultura. El resto es historia conocida.

La conclusión es obvia: para conquistar algo y ser sujetos con historia y con algo que legar, es crucial cultivar la inteligencia y abrazar tanto la curiosidad como el riesgo. Cada cual tiene su árbol y su sabana sin explorar. En un mundo como el nuestro, que cada vez se manifiesta más inquieto, volátil e impredecible, quedarse colgado en la rama de turno es no enfrentar los propios demonios, es anestesia pura, es evitación o huída, es el camino fácil de tomar pastillas, repetir mantras o suponer que hay algunos que lo saben todo y no se equivocan.

Claro que no estamos ante una apuesta fácil. Bajar del árbol y enfrentarse ante lo incierto y asumir que a veces no se tiene ni idea de qué hacer es un desafío en si mismo. Si nuestra época ha encumbrado a la felicidad como objetivo, capaz de resumirse en la frase tenés que ser feliz, creo yo que la pandemia se ha convertido en una pregunta, en un interrogante que nos interpela en relación a la fragilidad, a la vulnerabilidad y el riesgo.

¿Cómo sujetos históricos podremos aceptar la fragilidad de vivir sin garantías, tanto de salud, amor como trabajo eternos? ¿Podremos aceptar que aunque nos cueste creer estamos siempre al borde del precipicio? ¿Podremos dejar de obedecer los mandatos que asocian felicidad con objetos y/o experiencias exóticas? ¿Podremos salir de la inmediatez y apostar a la pausa, la reflexión y el pienso, como herramientas para mirar a la cara a los demonios propios y solo así construir fuera algo más armónico y pacífico?

Quién lo sabe, ¿verdad? Tal vez porque este es un emprendimiento singular, de cada cual con su presente, su historia y sus anhelos o proyectos. La pandemia te mira, me mira, nos está mirando a los ojos y nos pregunta si apostaremos, más que a concebir la felicidad como un mandato, a estar felices de vivir, de crear, de poner nuestro esfuerzo para no solo mirarnos el ombligo sino asumir que lo singular y lo colectivo cada vez están más estrechamente relacionados.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s