Bajar de la nube

El año escolar está en marcha, el otoño se presentó en fecha y atrás ha quedado el verano y las vacaciones de los niños. De los meses estivales una de las cosas que más me llamaron la atención, en el día a día con mis hijos, fue la inmersión que tienen en los distintos dispositivos que están a su alcance. El celular, la tele con Netflix, la tablet con youtube e incluso el play (con el bendito Fortnite) magnetizan su atención, siendo todo un desafío para los padres ofrecerse(nos) y estar disponibles, física y sobre todo psíquicamente, para mostrarles que hay vida más allá de las pantallas.

En 1967 el filósofo francés Guy Debord escribió un libro que tituló La sociedad del espectáculo, obra clásica y contemporánea a pesar de sus más de 50 años. En ella el autor galo asevera que la crisis de la sociedad moderna no es ni un evento en particular ni un proceso en marcha, sino el vínculo y/o el tipo de relación que las personas establecen(mos) con el mundo. Ese lugar, esa posición, es la de un espectador, un ser pasivo mirando lo que sucede alrededor. Las pantallas disponibles en formatos múltiples nos ponen a disposición un sinfin de noticias, que van de los resultados de la liga española, pasando por el ciclón en Mozambique, hasta las últimas decisiones de Trump o Putin. Todo ese ruido mediático convierte a aquel que mira en un ser impotente y aislado, que llegado el caso cae en el binarismo para opinar: el mundo se divide en buenos y malos o en ganadores y perdedores. Las situaciones se definen a través de generalizaciones y el victimismo y la impotencia campean a sus anchas, aguardando la llegada de alguien o algo que solucione lo que anda mal.

Debord murió a mediados de los años ’90 del siglo pasado y no presenció el auge de internemando play.jpgt y las redes sociales. Si aislado e impotente era el sujeto que describió en su libro de 1967, éste sujeto tampoco cambió mucho como consecuencia de su capacidad para  opinar en las redes sociales que nos ofrece el tiempo actual. Nada cambia porque opinemos y nos expresemos en las redes. Mi hijo no se convierte en un gran jugador de fútbol porque la rompa en el Fifa 19. El mundo on-line no es el off-line. Para transformar algo en el primero hay que ser hábil con los mandos de la play, mientras que en el off-line se necesita algo más que eso para superar y salir de la posición de espectador-víctima-pasividad.

Vivimos en un mundo que está en plena mutación cultural. La sociedad se ha democratizado y un montón de asuntos que antes se barrían para debajo de la alfombra y eran censurados, hoy están legitimados y forman parte de nuestras vidas cotidianas. En pinceladas gruesas, hemos pasado de un tiempo de barreras, límites y de lo muy poco permitido, a otro donde el individuo y los variados modos de satisfacción son la estrella en el firmamento. Con los grandes relatos agonizantes (trabajo garantizado de por vida, la política como herramienta de cambio y la religión como tabla de salvación), el individuo contemporáneo mira su celular (ombligo) y se interroga cómo va a ser feliz. El sujeto actual va más allá del tener derecho a; da un paso más y se obliga e impone a sí mismo realizarse y en el mejor de los casos disfrutar a como de lugar, con la peligrosa idea de que ese supuesto estado es un fin en sí mismo y nada tiene que ver con las redes y relaciones de las que forma parte.

Una vieja película cómica de 1980 se titulaba Y, ¿dónde está el piloto? Hoy se podría hacer una que se llame Dónde está el límite; el límite al individualismo, la competitividad, al valor de la imagen y a negar que existen limitaciones. ¿O será que todo se puede?

El nuevo mandamiento en este tiempo de divinidades cuestionadas es el tú puedes. En solitario, conectado en redes on-line y desconectado de las redes off-line, el individuo contemporáneo mira su celular, mirando al cielo, para proyectar allí sus anhelos y posibilidades.

freud

Este panorama sombrío para las vidas off-line tiene una solución que pasa por pensar y actuar, por la reflexión y la acción. Hacer de nuestra vida un lugar respirable y luminoso guarda estrecha relación con poner el cuerpo y el alma en algo que vaya más allá de uno mismo, con un propósito con el que nos transformemos al mismo tiempo que transformamos. Actuar, pensar, crear y aprender, sirviendo-liderando para transformar nuestro entorno como antídoto para dejar de vivir arriba de una nube.

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