¿Hay que pagar algo?

Hablar de Netflix es hablar de series, cine y documentales; en general es hablar de buena televisión. Black Mirror, tal vez la serie de televisión que mejor retrata y reflexiona sobre los dilemas y desafíos que nos están planteando los avances tecnológicos, es emitida por la popular plataforma de streaming. A inicios de este año estrenó un episodio/película llamado Bandersnatch, en el cual Colin, uno de los personajes (programador exitoso y con rasgos paranoicos) hace una de las reflexiones fundamentales de todo el episodio.

He aquí un fragmento de ella (la negrita es mía):

“… El gobierno nos monitoriza. Paga a gente para que se haga pasar por tu familia, echa droga a tu comida y te graba. Hay mensajes en todos los juegos. Como en PACMAN. ¿Sabes qué significa PAC? PAC: Programa y Controla (Program And Control). Es el hombre que programa y controla. Todo es una metáfora. El Pacman cree que tiene voluntad propia pero está atrapado en un laberinto, en un sistema. Lo único que puede hacer es comer (consumir). Le persiguen demonios que probablemente sólo existen en su mente, e incluso si consigue escapar por un lado del laberinto, ¿qué pasa? Que vuelve al otro lado. La gente piensa que es un juego alegre, pero no lo es. Es una puta pesadilla de mundo y lo peor es que es real y vivimos en él”.

El escritor británico Aldous Huxley escribió en 1932 su novela más famosa: Un mundo feliz, en la cual plantea la existencia de una agencia gubernamental encargada de asegurar que sea mínimo el tiempo transcurrido entre la aparición de un deseo y su realización. Huxley era novelista y no un futurólogo. Sin embargo, su obra más renombrada se ha convertido en un clásico, habida cuenta de las coordenadas que están caracterizando a nuestro tiempo.

El estado de nuestra civilización podría definirse tanto de adormecido como de idiotizado, en la medida que se sostiene en el binomio consumo y felicidad: hay que consumir para ser feliz o soy feliz si consumo algo.

Nuestras sociedades están asentadas en el placer como principio rector, ubicando a la felicidad no sólo como un norte sino como un derecho; una felicidad asociada al consumo de todo tipo de bienes, ofrecidos por el mercado y financiados por los bancos y/o el Estado. Acceso que sea lo más rápido posible y esquivando las dificultades para conseguirlos. Que la calesita no deje de girar o que el PACMAN siga comiendo y pasando de pantalla.

A no ser que uno se vaya a vivir al medio de Alaska (como en esos programas que pasan en el cable), es imposible no consumir. El consumo que deviene problemático, por decirlo de alguna forma, es aquel que hoy como nunca antes está entrando por los ojos, aquel que se nos presenta en las pantallas de celulares, tablets y televisores. Desde experiencias diversas a objetos de consumo variados, renovados permanentemente, son asociados con la felicidad. Y plantear la felicidad como algo a lo que aspirar, como un estado al que se arriba, es por lo menos un gran engaño, en la medida que se la ubica del lado de los derechos.

En este sentido, si la felicidad es un derecho individual (“tengo derecho a ser feliz”) al mismo tiempo que se la está convirtiendo en un deber, termina por convertirse en un ideal al que aspirar. El asunto es que cuando no se alcanza ese estado de satisfacción, muchas personas se sienten culpables y posteriormente deprimidas. Y cuándo no, medicadas. El circuito está siendo bien claro: tengo que ser feliz, es mi obligación; como no lo logro me siento culpable y me deprimo; y para tapar ese dolor, me medico.

Además de convulso, inquieto, ansioso e impredecible, nuestro tiempo asiste a un auge de los derechos y a un declive de las responsabilidades y obligaciones. Esta coyuntura lleva a que a aquellos que se ven privados de sus derechos caigan con facilidad en el reclamo infantil y/o en el victimismo.

El sujeto actual es como un niño chico que reclama, patalea y exige. Demanda, con su boca abierta, aquello a lo que tiene derecho. No es casual que abunden por doquier todo las patologías relacionadas con la dependencia: adicciones a las drogas, al alcohol y al juego, así como al celular, a los videojuegos, al trabajo, etc.

Ser feliz se ha convertido en un deber y un fracaso no alcanzar ese estado. Muchas personas, muchos grandes y no adultos, lloriquean y reclaman su felicidad y poco soportan las afrentas de la existencia. Sujetos como islas que no conectan con sus semejantes, ya sea porque se pasan mirando pantallas, o porque la orientación está puesta en una estupidez como la felicidad y no en un proyecto que tenga como norte los otros y no uno mismo.

Algo no anda bien cuando una persona, una organización o una comunidad pretende vivir priorizando solamente el placer y/o la felicidad. Además, como reza el dicho, no hay Cristo que aguante.

En una persona, el límite a una adicción generalmente la termina poniendo el cuerpo propio o el cuerpo familiar, que ya no da más; y en una organización o en un país, el límite a esa calesita infernal que implica un comportamiento adictivo, lo termina poniendo la crisis.

Ni fantasmas nos comerán si dejamos de consumir, como en el PACMAN, ni ministerios nos asistirán para que veamos colmados nuestros deseos, como suponía Huxley en su novela. Si hay un llamado a la acción, éste es a la responsabilidad, sobre todo a la de los adultos que están a cargo de algo. Un llamado o un recordatorio de que siempre se paga un precio por aquello que queremos. O como dice un amigo (dR) no hay almuerzos gratis.

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