En consulta pasa algo que se repite. Alguien llega tomado por algo. A veces es enojo, a veces frustración y otras angustia. También aparece como ansiedad, como cansancio, o como una inquietud difícil de ubicar. A veces ni siquiera tiene nombre, pero igual pesa.
Eso ocupa todo el espacio. Como un abanico cerrado. En ese punto, lo más habitual es querer hacer algo rápido con eso: resolver, responder o actuar. A veces del lado del paciente y a veces, también, del lado del terapeuta. Pero el camino no siempre ese ese.
Muchas veces, la intervención no es hacer más, sino otra cosa. Es quedarse un poco más ahí. No apurarlo. No cerrarlo demasiado rápido.
Sostener el espacio lo suficiente para que algo más pueda aparecer. Como si ese abanico, que al principio está cerrado, empezara a abrirse de a poco. Sin forzarlo. Sin empujarlo. Solo por el hecho de darle lugar. Entonces, lo que parecía una sola cosa empieza a desplegarse. El enojo muestra frustración. La frustración deja ver tristeza. Y a veces, más abajo, aparece algo más profundo: la sensación de no haber sido visto, de no haber sido tenido en cuenta.
No es que apareció algo nuevo. Eso ya estaba ahí. Solo que necesitaba tiempo, espacio y presencia para poder desplegarse.
Hace unos años usé la metáfora del abanico en otro contexto. Hoy vuelve a aparecer, pero de otra forma. No como idea, sino como experiencia en sesión. Como algo que se ve, se siente y se despliega en el encuentro.
Muchas veces, el trabajo no es abrir el abanico. Es crear el espacio para que pueda abrirse. Sin empuje. Con presencia. Este movimiento no ocurre solo en consulta.
También aparece en la vida cotidiana, en los vínculos y en los equipos de trabajo. Donde a veces se reacciona sobre lo visible —el enojo, el conflicto, el síntoma— sin darle tiempo a lo que está por debajo a mostrarse. Y cuando ese espacio no existe, el abanico queda cerrado.
Pero cuando aparece,lo que parecía una sola cosa empieza a transformarse en otra. No por lo que hacemos, sino sobre todo por lo que dejamos aparecer.
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