Que no sea el cuerpo el que hable

No te hagas mala sangre, me pateó el hígado, se me partió el corazón, me cagué todo, se me parte la cabeza. ¿Te suenan? Son expresiones que hablan de nuestro ser, de nuestro organismo y de la unicidad mente-cuerpo. O en otras palabras de lo imposible de concebir que una y otra cosa están separadas.

En nuestro devenir y conformación como personas, los otros significativos (habitualmente los padres) nos insertan en una red de relaciones que nos pre-existe, al tiempo de convertir al cuerpo, originalmente biológico, en un cuerpo atravesado por esos cuidados iniciales, que primero son caricias y sostén y luego palabras.

Así, no será lo mismo un bebé que fue adecuadamente sostenido, acariciado, mimado y mirado que otro que careció de dicho calor. Tampoco será lo mismo que un niño que se cae de la bicicleta reciba como respuesta un “ojo que te vas a quebrar la pierna, no te subas más a esa bici”, que otro al que le digan ante el mismo hecho un “vamo’ arriba, es solo un raspón en la rodilla, la próxima sale”. Recuérdese que de este tipo de hechos la crianza tiene un sinfín de momentos y de estas situaciones, como de otras similares, nuestra personalidad se va forjando.

Lo que quiero decir es que nuestro cuerpo no es un cuerpo biológico, sino que somos cuerpo y alma. Somos un ser que está atravesado por la palabra y por el discurso, una suerte de lienzo en el que se fueron inscribiendo las palabras de las personas significativas de nuestra historia.

Cada núcleo familiar, sin importar como éste esté constituido, gestiona (de acuerdo a su propia historia) las circunstancias que le toca vivir, entre ellas las enfermedades físicas, si es posible concebir que nada tienen que ver con lo psíquico y/o emocional.

Al ritmo de la crianza singular de cada cual vamos interiorizando lo que queremos, debemos y podemos. Y ello incluye e incumbe a todo nuestro ser, a todo nuestro organismo. En este sentido es revelador, creo yo, preguntarnos cómo inciden o han incidido los hechos significativos de nuestra historia, esos mojones que uno recuerda del trayecto vital. Cuál o cuáles han sido las emociones predominantes en esos momentos importantes, en esos puntos de quiebre que significaron un antes y un después en nuestras vidas.

Las emociones derivadas de las experiencias que nos toca vivir, algunas por acción u omisión nuestra, otras por el azar de la vida, nos afectan y muchas veces impactan, al punto de que nos pueden patear el hígado, partir el corazón o hacernos ir por el caño. Miedo, alegría, bronca, orgullo, desazón, etc, están allí, influyendo en nuestros pensamientos y en nuestras decisiones.

Las emociones alteran nuestro ánimo y nuestro humor, así como nuestras funciones orgánicas, como lo demuestra la vida cotidiana condensadas en las frases populares anteriormente mencionadas. Sucede que a veces el impacto que producen esas emociones en las funciones orgánicas puede derivar en una enfermedad, sea esta aguda o crónica y el padecimiento leve o grave. Puede ser corta y transitoria o lenta y prolongada su evolución.

La importancia de la singularidad es capital en una medicina que se ha tornado tecnológica, farmacológica y se ha alejado de lo humano. Hay enfermos, pacientes y no enfermedades. Es universal lo que caracteriza a una hipertensión, pero singular lo que hace de un hipertenso un hipertenso. Personalización, singularidad y no masificación es el desafío constante.

En este sentido, resulta crucial comprender, además de los signos, síntomas y posible evolución, el por qué de una enfermedad en una persona en particular, cuáles fueron las circunstancias sociales, familiares y personales en que se desencadenó. Muchas veces queda coagulado y no metabolizado algo que en lugar de poder ser simbolizado, dicho a través de la palabra, de lo propiamente humano, termina expresándose y hablando a través del cuerpo, de algún trastorno orgánico.

Como un electrocardiograma que registra el ritmo cardíaco, con sus altos y bajos, también el trayecto vital está jalonado por los eventos significativos que nos emocionaron positiva o negativamente. Cuando la función metabólica que realiza nuestra psiquis no puede cumplir su función, es posible que él o los conflictos se terminen expresando por medio de un trastorno orgánico, es decir de una enfermedad.

Lo que muchas veces comienza como algo breve, agudo y que no es comprendido ni integrado a las circunstancias existenciales, podríamos asimilarlo a la velocidad que comienza a tomar una calesita o firulete apoyado sobre un solo eje. Con cada nuevo episodio orgánico, afadsf.jpgno asimilado ni relacionado con las coordenadas vitales de quien lo padece y sufre (¿esto que le pasa a mi organismo tendrá algo que ver con lo que estoy viviendo?), la calesita continúa girando cada vez más rápido, al punto tal que termine por salirse el tope que evitaba que el firulete se desprendiera de su eje.

Nuestro psiquismo, nuestra mente, es como ese eje que nos permite ir manteniendo coherente e integrado nuestro relato vital. El riesgo radica en no poder unir las circunstancias existenciales que vivimos con la narración que constituye nuestra vida. Como si de alguna forma dijéramos: esta parte no la sumo a la novela… Lo barato sale caro, reza el dicho. No hacer los duelos, evitar el dolor y los disgustos es el camino fácil que termina por convertirse en algo tortuoso y que finalmente habrá que atender.

El desafío, la apuesta, posee la complejidad de lo simple: integrar al curso de nuestra existencia los sinsabores, frustraciones y también las alegrías. No patearlos para adelante. Más buceo y menos surf es un horizonte cada vez más necesario, en el que el conocimiento de sí mismo, el descubrimiento de nuevos sentidos y el establecimiento de nexos constituyan las brújulas para navegar.

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