Blade Runner a la inversa

Manfred Clynes y Nathan Kline crearon en los años ’60 del siglo pasado el concepto cyborg, que en inglés une lo cibernético (cyb) con lo orgánico. Hicieron su creación en el marco de la guerra fría entre EEUU y la URSS, que por entonces se disputaban la conquista del espacio exterior, al tiempo que se amenazaban mutuamente con emprender una guerra nuclear. Clynes y Kline pensaron en el cyborg como una síntesis de humano y máquina capaz de vivir en entornos extraterrestres, tras una eventual conflagración bélica con armas atómicas que convirtiera la tierra en un sitio inhabitable.

Ciencia y ficción cada vez más unidas

Philip Dick escribió en 1968 la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y el director de cine Ridley Soctt realizó una adaptación de la misma en 1982 para la película Blade RunnerEn el film, la compañía Tyrel Corporation fabricaba robots para que fueran “más humanos que los humanos”, parecidos a las personas exceptuando la posibilidad de desarrollar emociones.

Humanos que quieren convertirse en máquinas

El mundo que Philip Dick imaginó en su libro está teniendo hoy una vuelta de tuerca interesante: ya no sólo los androides quieren parecerse a los humanos, sino que algunos de nosotros comienzan a fundirse con las máquinas.

blade runner

Neil Harbisson, creador de la Fundación Cyborg, nació con acromatopsia, una enfermedad genética de la vista, que sólo le permitía ver en blanco y negro, hasta que resolvió esta incapacidad a través de la implantación de un ojo cibernético -colocado en su frente y que por un cableado, se introduce en su nuca- cuyo software hace una traducción de los colores a sonidos.

La imagen del cuerpo: encumbrada y como una máquina.

Asistimos hoy a un amplio despliegue cultural e industrial entorno a la idea del cuerpo como una máquina, al que se le puede mejorar a través de cirugías estéticas, gimnasias y dietas varias. También el cuerpo es el lugar donde dejar registro, ya sea a través de tatuajes y/o piercings. En esta línea, también el cuerpo, desde la medicina, es atendido como un objeto supeditado a los asombrosos avances técnicos, parcializado y fragmentado para su estudio, desconociendo su integralidad y complejidad en tanto sistema.

Los cuerpos, en esta modernidad líquida en que estamos viviendo, se han convertido en uno de los escenarios privilegiados donde se expresan y estallan los conflictos existenciales que las personas no pueden resolver.

El aumento de innumerables trastornos del aparato digestivo, pasando por las enfermedades autoinmunes, hasta las bulimias y anorexias, así como el uso abusivo de pastillas para tratar malestares diversos, revelan que el cuerpo se ha convertido en el campo de batalla para los conflictos que no han sido abordados, analizados y comprendidos a través de la palabra.

En los últimos siglos, desde la Revolución Industrial en adelante, la tecnología ha venido ocupando y en muchos casos desplazando la labor que llevaba adelante el hombre. Esa relación entre hombre y máquina, a grandes rasgos, tiene tres grandes etapas. La primera es la que plantea Marx en su obra El Capital, que podríamos sintetizar en la rebelión de los obreros contra las máquinas que les quitaban sus puestos de trabajo. Los Luditas son su máxima expresión. Una segunda etapa es la que ilustra la película Tiempos Modernos de Chaplin, cuando el hombre termina identificándose y acompasando el tiempo de las máquinas en las fábricas. Finalmente, tenemos el tiempo actual, en el que las ideas de productividad, rendimiento y efectividad han traspasado las fronteras del mundo laboral para ocupar el terreno que antes era íntimo y que hoy se ha convertido en espectáculo. Así, los cuerpos son tratados como máquinas. Si en el siglo XVIII y XIX el hombre se resistió a ser reemplazado por máquinas y en el XX se acompasó a su ritmo, en este siglo XXI el sujeto ha interiorizado a las máquinas, tratando a su cuerpo como si fuera tal, exigiéndole potencia, rendimiento y cero fallas.

La pornografía, lejana al erotismo, habla un poco de ello: cuerpos como máquinas, con hombres con penes siempre erectos y mujeres multiorgásmicas. ¿Será que estamos necesitando más lentas y menos pornografía?

Llegados hasta acá, podríamos decir que no se trata de resistir los avances que la tecnología ofrece para corregir las limitaciones orgánicas. Por el contrario, son celebrables. Otra cosa diferente es querer solucionar en el quirófano dificultades existenciales; o resolver dudas, temores e inseguridades, por ejemplo en la juventud, tomando viagra para hacer frente a una relación sexual.

La subjetividad podría definirse como la forma y modos de ser y estar en el mundo. Los malestares subjetivos actuales, aquello por lo que sufren las personas, de forma generalizada están siendo abordados y tratados con pastillas, entrenamientos, recetas universales y muchos check-lists. Tal vez como nunca antes estamos conectados con el exterior, la nube o como queramos llamarle. Y al mismo tiempo desconectando la cabeza de nuestros cuerpos, como si una y otra cosa fueran diferentes.

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