El fracaso de la voluntad

La medicalización de la vida cotidiana parece no tener límites. Desde el cansancio, el insomnio, los problemas de pareja o sexuales, hasta los miedos y las ansiedades están tendiendo a ser solucionados con pastillas. El estado actual de nuestra civilización ha puesto la vara en lo alto: de forma permanente parecería que hay que sentirse equilibrado y sobre todo feliz. Algo así como el juego de cartas siete y medio, cuyo objetivo es intentar sumar esa cifra o el número más cercano posible, sin sobrepasar dicha cantidad. Traducción: sólo se está saludable si sumo siete y medio, ese nivel óptimo en el que poco menos que estamos en estado zen. Por debajo o por encima del siete y medio estoy para ser etiquetado de “enfermo”, ya sea por un estado de tristeza, de ansiedad o quemazón laboral. Lo normal se ha convertido en un corral bastante chico y lo que queda fuera de él ha de ser tratado con pastillas, fuerza de voluntad y por supuesto mucha, mucha mentalidad positiva.

«La locura y la cordura son dos países limítrofes, de fronteras tan imperceptibles que uno nunca puede saber con seguridad si se encuentra en el territorio de la una o en el de la otra»Arturo Graf

Viviendo en la gran jaula.

En salud mental, durante los años ’60 y ’70 del siglo pasado hubo un movimiento que se denominó antipsiquiatría, cuya idea fundamental consistía en pensar que los problemas derivados de la enfermedad mental se mezclaban con los del encierro. De algún modo este movimiento vino a decir que a los psiquiatras les sucedía lo mismo que les pasaba a los naturalistas cuando estudiaban los zoológicos: tomaban como conducta de los monos lo que provocaba la jaula. O en otras palabras, se toma por síntomas de locura lo que en realidad son consecuencias de estar encerrado.

Hay locuras y locuras; hay de las grandes y de las chicas.

Freud, a grandes rasgos, situó la cordura en torno a la capacidad de trabajar y amar, es decir a la capacidad tanto de ganarse la vida con algo que sepamos hacer como de forjar y desarrollar relaciones amorosas y/o amistosas. En pocas palabras sería algo así como estar insertos en redes donde circule el afecto y no ser una suerte de exiliados existenciales. En este sentido, las locuras chicas serían aquellas que nos hacen incapaces de disfrutar las cotidianeidades de la vida, el ahogarnos en un vaso de agua o el armar castillos en el aire. Las locuras grandes serían aquellas que se caracterizan por la pérdida de la realidad, confundiendo los delirios con lo que es real. La locura grande es la de los sujetos que habitan los castillos en el aire.

Este movimiento, que pretendía cerrar los manicomios y dejar que aquellos con locuras grandes se curaran no encerrados sino en el seno mismo del tejido social, no prosperó. Para que algo así funcione la sociedad ha de estar preparada para acoger a estos enfermos, insertándolos en redes sociales y laborales, ámbitos donde amar y trabajar. Al fin y al cabo, entre tener sujetos con locuras grandes tirados en la calle, pasando hambre y a la buena de Dios, mejor que dispusieran de un lugar donde cobijarse, alimentarse y dormir tranquilos. En definitiva, de forma digna.

¿Aguante y tolerancia?

En este blog y en variadas oportunidades me he referido al cambio de época en el que nos encontramos, que resumí en la metáfora de la calesita y el rock & samba. Estamos pasando de la primera al segundo: del orden, lo previsible y ordenado, a lo volátil, incierto y complejo. Bauman, el sociólogo polaco fallecido en 2017, habla del pasaje de un mundo sólido a uno líquido, en el que poca cosa se mantiene firme, estable y duradera.

En este mundo que habitamos y muchos sufren y padecen existe, creo yo, un doble enfoque. Por un lado aquel que pasa por distinguir los problemas colectivos (políticos y sociales) que creemos que son de responsabilidad individual. Aquí radica un desafío básicamente organizacional y también político-social, en el sentido de poner pienso para transformar situaciones donde las personas se empastillan ya sea para mantenerse despiertas como para conciliar el sueño; o en el peor de los casos para sobrellevar condiciones de vida precarias y/o pésimas.

El otro enfoque es más íntimo y tiene que ver con cómo abordamos los malestares que se derivan de nuestros vínculos, sean estos sociales, laborales, familiares y de pareja. Estos males, por decirlo de alguna forma, muchas personas los quieren solucionar tomando pastillas, psiquiatrizando así sus vidas cotidianas. Como el avestruz, buscando pastillas debajo del suelo.

La vida de vértigo en la que algunas personas viven requiere, mucho más que en la época del mundo calesita, ir en búsqueda y/o construcción de la brújula interior de cada uno, en lugar del peregrinaje por gurúes y guías espirituales que señalen el camino y enseñen cómo vivir la vida.

El desafío de nuestro tiempo no está en aguantar ni anestesiarse para seguir rindiendo y alcanzar el reino soñado que nos propone la felicidad empaquetada en cajitas felices. El acto transformador está en prestar atención a los malestares, a preguntarse qué tiene uno que ver con ellos, a comprender que su transformación se relaciona con modificar la situación que lo causa, así como en aceptar que la psicoterapia es un buen lugar donde abordar aquellos problemas que no se arreglaron ni solucionaron con voluntad ni pensamiento positivo.

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