Construir sí, saltar no

Desde que me recuerdo, cualquier asunto relativo al cambio es abordado desde la metáfora vinculada al verbo saltar o alguno de sus sinónimos, del estilo “es momento de dar el salto” o “si hay agua en la piscina tirate”. Estas frases condensan, básicamente, la idea de que los cambios son momentos y no procesos.

Decía Sigmund Freud, en una entrevista en los últimos años de su vida, que la capacidad para amar y trabajar eran dos objetivos centrales a los que apuntaba el tratamiento psicoanalítico y quizás podríamos ampliar de cualquier tratamiento psicoterapéutico.

Amar y ser amado en el sentido de estar enlazado, no necesariamente a una pareja, sino siendo parte de alguna red donde el afecto sea lo que circule. Amar y ser amado o querer y ser querido. El aislamiento o el exilio existencial son asuntos peligrosos. Red familiar, de amigos y/o compañeros.

El trabajar, por su parte, entendido desde un enfoque más allá del empleo, del ingreso económico. El trabajo como ámbito de realización, tal vez en la línea de lo que afirmaba Facundo Cabral cuando decía que “el que no trabaja en lo que ama es un desocupado”.

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Varias líneas es posible abrir a partir de estos últimos párrafos. Líneas que es posible analizar individualmente pero cuya riqueza está en el conjunto que representan. A mi gusto una de las más relevantes es la línea de análisis que tiene que ver con el peligro por zombificación, léase el cuerpo va por un lado y la cabeza por otro, muy palpable en muchos lugares de trabajo, donde a caballo de estructuras organizacionales que van quedando obsoletas (política de chacras en la organización) los diferentes responsables se quejan de la falta de compromiso, responsabilidad; en criollo, se quejan de que la gente, los colaboradores, no se “ponen la camiseta”. El enemigo al igual que la solución, en general, es interno.

Otra línea de análisis está representada por los dilemas del mundo actual en torno a las dificultades para conectar con los otros de un modo más profundo y/o íntimo. En un post anterior también me lo preguntaba: ¿será que las herramientas que utilizamos diariamente (como con la que ahora estoy escribiendo o con la que vos estás leyendo esto, es decir el teclado, el mouse o el scrollear en tu celular) nos están volviendo impacientes y poco amigos del esperar? La respuesta, al menos para mí, es obvia: por supuesto que sí. Estamos muy inquietos y poco amigos de los procesos y sus tiempos. Es peligroso pensar que las relaciones humanas son como una app que se instala y funciona inmediatamente al golpe del doble click.

Del sustantivo al verbo. El panorama general está regido por la incertidumbre, la volatilidad y el cambio. Las posiciones están cada vez perdiendo más fuerza en favor de la funcionalidad, de aquel o aquellos que aportan valor, que colaboran, inspiran y ayudan a propiciar y favorecer el crecimiento.

Estamos en un tiempo donde las instituciones antes representativas de lo monolítico (estado, familia y religión) están “haciendo agua”. Luchan por sostenerse, seguir influyendo y participar de la definición del rumbo. ¿Se imaginan a la máxima jerarquía eclesiástica haciendo esto hace 30-40 años?

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Veo esta imagen y me pregunto qué significa formal y qué informal, qué es la credibilidad y cómo se gana y cómo se pierde. Por lo pronto no ha de ser casual que el representante máximo de una de las instituciones más longevas sobre la tierra tenga este tipo de comportamientos, entiendo yo destinados, entre otros, a humanizar la relación con su comunidad de creyentes. Algo así como “bajemos el centro de gravedad de la organización o nos vamos al bombo”.

Vivimos un tiempo de retos y desafíos sin igual. En línea con lo que ya han pensado diversos autores, se terminó la época en que los individuos se movían al mismo paso y al mismo tiempo y en el que todas las instituciones actuaban como una máquina.

La capacidad estratégica actual está no en marchar unidos sino en “atacar” unidos. O en otras palabras, la capacidad diferencial no está en estar físicamente juntos sino en la comunión espiritual, en estar alineados con un propósito, con un “por qué”, con una visión con la que podamos coincidir.

El tiempo presente nos interpela para que colaboremos y cooperemos con personas y organizaciones para lograr que se adapten a las coordenadas que nos toca vivir, además de crear el futuro y no sólo ser reactivos a él. Estamos necesitados y por supuesto favorecidos por brújulas y faros que orienten, guíen, acompañen.

Cercanía, proyectos, metodología, simplicidad, visión, singularidad, cambio, artesano, función, valor, entre otros, son los conceptos capitales de esta época. Cruzar el puente que lleva de la tierra de la calesita a la del rock & samba es un asunto de consistencia más que de velocidad. No se trata de saltar de “a” a “b”, sino de ir construyendo y transitando el puente que lleva de un estado de la mente a otro, más que de un lugar a otro.

La transformación no es gratis; por el contrario, es dolorosa y requiere de esfuerzo y paciencia. Lo buena noticia es que en tiempos de redes y organizaciones concebidas como organismos vivos, el esfuerzo nunca recae en un solo individuo sino que se comparte y lleva a cabo en equipo. El estado de la mente necesario para hacer equilibrio en el rock & samba es aquel que sintoniza con la elaboración de la propia historia, así como con la capacidad para lograr, de modo permanente, que el flujo de nuestra experiencia esté contenido en una narración lo más coherente posible.

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