¿Dónde está el jinete?

Quedó cansad@, exhaust@. Durante varios minutos, que parecieron horas, experimentó estos síntomas: dolores en el pecho, palpitaciones, vértigo, mareos, dificultad para respirar y entumecimiento en las manos, escalofríos y un miedo intenso a morir. Esta experiencia l@ dejó como si un tren le hubiera pasado por encima.

Diagnóstico: ataque de pánico.

Para llevarlo a cabo, la psiquiatría, en general, se basa en los criterios diagnósticos del DSM-V o del CIE-10, dos clasificaciones de las enfermedades que consensúan especialistas de diferentes nacionalidades.

Editado por la Asociación de Psiquiatría de EEUU, el DSM-V (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, en su quinta edición) dice que un ataque de pánico es la aparición súbita de miedo intenso o de malestar intenso que alcanza su máxima expresión en minutos y durante este tiempo se producen cuatro (o más) de los síntomas siguientes: palpitaciones, golpeteo del corazón o aceleración de la frecuencia cardíaca, sudoración, temblor o sacudidas, sensación de dificultad para respirar o de asfixia, sensación de ahogo, dolor o molestias en el tórax, náuseas o malestar abdominal, sensación de mareo, inestabilidad, aturdimiento o desmayo, escalofríos o sensación de calor, parestesias (sensación de entumecimiento o de hormigueos), desrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (separarse de uno mismo), miedo a perder el control o de “volverse loco” y miedo a morir.

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¿Fenómeno actual o fenómeno con historia? Desde la antiguedad a nuestros días ha sido descrito en múltiples ocasiones. En la antigua Grecia, Hipócrates se refirió a los síntomas en diversos casos. Posteriormente, veinte siglo después, los síntomas fueron nominados de diversa forma: “síndrome de corazón irritable” en el siglo XIX y “acción cardíaca alterada”, “neurosis cardíaca” y “fobia cardíaca” en el siglo XX. El padecimiento centrado exclusivamente en manifestaciones corporales que se relacionan con la angustia, es decir el ataque de pánico, también fue descrito por Freud sobre finales del siglo XIX. Llamó a este padecimiento “neurosis de angustia”.

Tsunami desde fuera – Tsunami desde dentro. Un desastre natural de envergadura (tornado, terremoto, erupción volcánica, tsunami), un ataque terrorista, una guerra, un incendio, entre otros, tienen un común denominador: el afuera se descontrola y la persona no puede hacer nada para contener la situación… “tsunami desde fuera”. La cabeza (el psiquismo) es arrasado y se “quema” tal como se puede quemar el cuerpo. Experimentar pánico en circunstancias como éstas y tener la sensación de muerte inminente es lógica pura. El jinete se cae del caballo, chau centro de comando y es todo sensación corporal.

¿Podríamos decir, por otra parte, que la época actual hace su contribución? Sí, claro, hace lo suyo, si no basta con prender el noticiero e informarse sobre la inseguridad, los robos, las inestabilidades económicas, etc. Sumemos a esto las presiones de la vida moderna, la sensación de soledad. La ansiedad generalizada parece una característica de nuestra época, siempre apurados, muchas veces sin saber por qué razón.

Ahora, aún cuando la época en que vivimos pueda hacernos sentir que estamos en un estado de alerta casi permanente, no todas las personas experimentan ataques de pánico. De este modo, entonces, es lícito preguntarnos cómo pensamos aquellas situaciones cuando la angustia no es el resultado de un tsunami que invade desde fuera, sino que se puede desencadenar desde dentro.

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El resultado, los síntomas, son claros: descontrol total de los sistemas y sensación de que uno se va a morir. Indefensión completa. La pregunta sobre qué puede causar esto tiene dos respuestas: una, por obra de un tsunami que anula la capacidad de metabolizar y/o procesar la situación. Una situación de una violencia y descontrol inusitados que incapacita al psiquismo para responder. Pienso en un tornado que arrasa una ciudad, un incendio en un lugar con pocas o escasas puertas de salida, un guerra civil, etc. Otra respuesta para qué puede causar el descontrol total de los sistemas corporales se relaciona con lo que denominaba más arriba tsunami desde dentro, es decir cuando el miedo invade y anula cualquier capacidad del psiquismo para ofrecer respuesta. El psiquismo abandona el timón del buque y aquello se convierte en un caos absoluto.

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La fórmula, si se quiere, para que el tsunami invada desde dentro sería algo por el estilo: vaya acumulando durante equis años de su vida un sinfín de experiencias que le produjeron angustia y que no logró desanudar… llene el embalse de mucha angustia… hasta que un día también equis, por una causa relacionada de algún modo con las anteriores… el embalse colapse y usted no logre contener el tsunami, no logre metabolizar la angustia y procesar el miedo.

LA APUESTA. Tal vez la más fácil sea que aquel que sufre un ataque de pánico se quede adherido a la etiqueta que implica ser diagnosticado. Poder quedar encuadrado en algo produce tranquilidad. Que el padecimiento reciba un nombre produce serenidad. Sin embargo, esa tranquilidad y serenidad es efímera sino se aborda lo que está detrás de escena, que no es ni más ni menos que la angustia.

Pensar en alcanzar el horizonte es como querer borrar la angustia: algo imposible. La angustia es un sistema de alarma que tiene como objetivo alertarnos cuando los sujetos comenzamos a perder el equilibrio, cuando hacemos cosas que no tienen que ver con lo que queremos sino más que ver con atender las demandas de los otros.

La medicación, utilizada inicialmente para reducir los niveles de angustia, es muchas veces necesaria. No así cuando los psicofármacos son la única indicación y se instalan en la vida de una persona dejando de lado el valor de la palabra como vehículo para acceder a la historia singular de cada cual.

No hay dudas: los síntomas son iguales para todo aquel que padece un ataque de pánico. Lo que no es igual es la o las angustias que a lo largo del tiempo, y sin advertirlo la persona, fueron llenando el embalse y un día cualquiera terminaron por romperlo.

Brújula, timón y rumbo. En tiempos globales como en los que vivimos, donde el ideal pareciera pasar por estar permanentemente feliz, flac@ y consumiendo, angustiarse no tiene buena prensa, entra en “la columna de las malas palabras”. La solución rápida es emparchar y de vuelta al ruedo: empastíllese y olvídese de los por qué, del esto qué puede tener con mi vida. Eso requiere tiempo, paciencia, palabras. Hoy todo tiene que ser ágil, dinámico y YA. Si hay humedad, pinte encima y no pique para apreciar cuál es la fuente del problema.

Las etiquetas, los encasillamientos, el usted tiene tal o cual cosa, tranquiliza… pero es pan para hoy y, más tarde o más temprano, sinónimo de hambre. Esto porque deja sin abordar y tratar de resolver el mutismo, que es donde se hace fuerte el pánico, los miedos y la angustia. El arma más letal contra todo ello es la palabra, puesto que permite historizar el padecimiento y descubrir el motivo singular del mismo. Para mí es cada vez más claro: en tierra de clones, zombies y sobreadaptados, quien aborde y resuelva sus conflictos, angustias y temores será soberano en su reino.

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