“Quemado” a la japonesa

En diversas ciudades niponas hay centros de rehabilitación para tratar el fenómeno: varones, generalmente entre los 15 y los 30 años, que se encierran durante meses, años e incluso décadas, en sus cuartos, solos, sin hablar, salir y abocados a los videojuegos así como a leer cómics y libros. En japonés se les llaman hikikomori, vocablo que puede traducirse por “recluirse uno mismo”. Se estima que hay más de un millón de kikikomori en un país cuya población ronda los 125.

Tamaki Saito, psicólogo al que se considera referente en la temática y que acuñó el término al tratar los primeros casos en los años setenta del siglo pasado, afirma que se trata de algo diferente a una fobia y una enfermedad mental. Define al hikikomori como “una persona que, sin presentar ningún tipo de síntoma psicótico, se mantiene en un estado de aislamiento continuado durante más de seis meses, en los que no entabla ningún tipo de relación interpersonal con nadie, aparte de su familia”.

¿Cómo se explica esto? 

Entre las causas de este fenómeno se manejan las transformaciones que vienen experimentando las sociedades occidentales en las últimas décadas, cambios que afectan a las familias y a las relaciones entre padres e hijos. En este sentido, también cumple un papel crucial la vida en grandes ciudades, donde los adultos trabajando largas jornadas disponen de poco tiempo para dedicarle a sus hijos, quienes carentes de adultos disponibles, sobre todo psíquicamente, crecen y se relacionan e interactúan predominantemente con los dispositivos tecnológicos.

La historia japonesa también aporta lo suyo. Además de caracterizarse por el respeto a las personas mayores, el orden y las tradiciones, la sociedad nipona también se distingue por la competitividad, que alcanza niveles extremos como la realización de pruebas de selección, no solo para entrar a la universidad, sino para ingresar a las escuelas e incluso los jardines de infantes. Especialistas en salud mental consideran que la competitividad japonesa se remonta a los años de posguerra, cuando los dirigentes de la época impulsaron la idea de que perdida la guerra tocaba dar otra batalla: la económica. Así, el espíritu kamikaze ha continuado impregnando el modo de ser de los japoneses, ya no en ataques suicidas sobre las tropas enemigas, sino sobre la persona misma a través del camino a recorrer durante el tránsito educativo de sus jóvenes.

Desde academias extraescolares para apuntalar lo estudiado de cara a los exámenes y pruebas de nivel para pasar de un ciclo escolar a otro, hasta guarderías semilleros de las universidades más prestigiosas, Japón le impone un ritmo vertiginoso a la infancia, en aras de un futuro profesional potencialmente exitoso.

La infancia está siendo invadida por los adultos, quienes colonizan ese tiempo que es de exploración, juego y descubrimientos. Los orientales, en este caso asiáticos, no habrían caído en la cuenta de ello. Un futuro programado y diagramado y una infancia exigente y sin tiempo para jugar y equivocarse, termina por cobrarse la salud mental de muchos jóvenes, quienes probablemente no soportando ritmos de vértigo terminan por encerrarse y decir “chau” a todo contacto social, al menos el cara a cara.

Es posible observar también en este fenómeno cómo la ausencia de la función paterna (consustancial con el ocaso de los ideales), sea ejercida ésta por la madre o el padre del joven, termina privándole a éste último de la posibilidad de levantar vuelo para dejar el nido y armar rancho aparte.

La franja etárea  (15 a 30 años) en que se produce este encierro de los jóvenes no es casual que se corresponda con ese tiempo en el que joven adulto queda pronto para dejar la casa de los padres y fundar su propio nido.

Ahora, tanto un nido calentito (el dulce pica los dientes) como la ausencia de un referente adulto que enseñe a volar y también cazar privará al joven de la motivación y las armas para emprender vuelo e instituir un nuevo reino. Ya lo dijo Confucio hace siglos:

Confucio. Hacer click para continuar.

Nuestro tiempo asiste a la caída y ocaso de los ideales que otrora brindaban tanto orientación como refugio, al tiempo de privilegiarse más el contacto virtual que el físico, de la mano de una interacción tecnológica múltiple, universal e instantánea. Ya no miramos ni para arriba (ideales) ni para el frente (las otras personas). Abunda, en cambio, la atención a uno mismo, el privilegio de las prioridades íntimas y la felicidad personal. Mucha individualidad y poca red.

Muchos grandes y pocos adultos, jóvenes carentes o con poco deseo de proyectarse y transformar la realidad, conforman un escenario en el que a mayor atención de las demandas mayor es la insatisfacción del sujeto contemporáneo. El dicho popular reza que “cuando las barbas de tu vecino veas afeitar, pon las tuyas a remojar”. Japón queda lejos en el mapa pero cada vez más cerca en términos de coordenadas civilizatorias. Urge un despertar sujeto a sujeto, en aras de retomar la senda del deseo singular y limitar las relaciones adictivas para con los objetos.

Un comentario sobre ““Quemado” a la japonesa

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s