Ulises, por favor regresá

18 de junio pasado en Francia. Acto de conmemoración del llamamiento de Charles De Gaulle a la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. El presidente francés, Emmanuel Macron, se acerca a la gente que está en el vallado para saludar e intercambiar palabras. En ese contexto, un joven de unos 15 años le dice al mandatario galo: “¿Cómo estás, Manu?”.

Acto seguido, Macron reprende al adolescente y le dice: “No, no puedes hacer eso… Estás en una ceremonia oficial y te comportas como debes. Puedes hacer el tonto, pero hoy es La Marsellesa, el canto de los partisanos, y me llamas ‘señor presidente de la República’ o señor’. ¿De acuerdo?”. Tras esto, el joven pide perdón inmediatamente.

De qué nos habla lo que hizo Macron, dejando de lado lecturas políticas, geoeconómicas y socioculturales sobre Francia. ¿Qué implica la corrección que le hizo al joven que lo tuteó y lo trató como si fuera un amigo o un compañero de clase? Creo que estamos ante la pregunta con mayúsculas: de qué hablamos cuando hablamos de ejercer una función y de estar ocupando una posición.

Otro tiempo, la Grecia antigua, la guerra de Troya. Hacia allí partió Ulises, rey de Ítaca, donde quedaron su esposa (Penélope) y su hijo Telémaco, quien durante 20 años aguardará el regreso de su padre, mientras tiene que lidiar con los perversos y sátrapas que quieren apoderarse del reino y de su madre. Telémaco mira el mar, ese lugar desde el que partió su padre y no regresa. Aguarda alguna señal, algo que indique que está de vuelta. Ulises finalmente llega y para despistar a sus enemigos la diosa Atenea lo disfraza de mendigo. Inicialmente Telémaco no lo reconoce, hasta que más tarde lo haga y juntos, tras abrazarse, eliminen a los invasores.

Edipo, Telémaco y los hijos del siglo XXI. Massimo Recalcati (Italia, 1959) hace unos años escribió un libro llamado El complejo de Telémaco, donde asevera que el tiempo que estamos vivendo ya no es el de los hijos que reclaman, “luchan”, desafían y desobedecen a sus padres.

Nos dirá que ya no hay o simplemente quedan pocos hijos-Edipo y que por el contrario asistimos cada vez más a fenómenos derivados de hijos-Telémaco. Hijos que miran hacia el mar para saber si el padre va a regresar en algún momento.

El siglo XX parece un mundo lejano, mucho más que los 18 años que nos separan de él. Quizás podríamos definirlo como aquel que precedió a la aparición de internet, a la época en que la información se democratizó, las estrucutras organizacionales se aplanaron y la transparencia se universalizó. Atrás ha quedado la época en que aquel que detentaba una posición jerárquica afirmaba sin mayores vueltas que las cosas se harían porque él lo decía. Padres, maestros, profesores y jefes estaban alineados. Familia, educación (escuela y liceo) y trabajo eran como una línea ferroviaria donde habían estaciones/etapas bien definidas. Era el mundo calesita, diferente al mundo rock & samba en el que vivimos.

Hoy, dice Recalcati, el padre se ha evaporado y con ello la autoridad. Por ello no sorprende cuando los padres de un niño (salvando situaciones especiales o matices) insultan o incluso golpean a la maestra de sus hijos, olvidando o incluso desconociendo que esa maestra es el representante del mundo adulto en ausencia de los padres.

Internet mediante, niños y también adultos pueden, podemos, acceder a un sinfín de cosas sin la necesidad de movernos de nuestra silla. Basta con un teléfono celular y una conexión wifi para conocer los rincones más alejados del mundo, informarnos sobre lo que hacen o dejan de hacer los famosos y un montón de etcéteras. Internet jaqueó las estructuras organizacionales y donde antes se podía barrer debajo de la alfombra la mugre y los trapos sucios, hoy ello se ha vuelto una tarea por demás difícil.

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Macron es generación puente y lo sabe. Nació y se educó en el mundo calesita y gobierna un país en pleno mundo rock & samba. Es el Obama de los franceses. Gritó los goles de su país en la final del mundial de Rusia como un hincha más y también se sacó una selfie con sus conciudadanos el 18 de junio pasado. Sin embargo, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Eso, creo yo, fue lo que Macron le hizo saber al joven que lo tuteó; como si le hubiera dicho: todo bien que grito los goles de la selección, me saco fotos con ustedes y me comporto como un presidente desacartonado… pero sin embargo, ocupo una posición y ejerzo una función que hago respetar y te lo hago saber para que te comportes acordemente.

Vivimos tiempos de confusión y desorientación. Ulises se fue y no regresa; mientras tanto, los niños y muchos adultos están como Telémaco, mirando el mar, esperando una señal, un mensaje, un objeto, algo que oriente y sirva para comprender lo que sucede, para entender el presente y proyectar un futuro.

Angustia, desorientación y caos pueden ser parte de la trayectoria vital de un sujeto, una familia, una comunidad y también de una nación. El asunto peligroso es cuando esas coordenadas tienden a convertirse en el común denominador y lo que falta en el escenario íntimo, privado y/o público es la coherencia, adultos que asuman las consecuencias de sus actos, que tengan algo para decir y a causa de ello algo que legar a las generaciones futuras.

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