Ilusionad@(s) con la pastilla

No hay dudas que el mundo se encuentra en proceso de transformación, al igual que nuestras expectativas y nuestros miedos. Si durante muchos siglos, religión mediante, le tuvimos temor a ir al infierno y al más allá de la muerte, actualmente parecemos miedosos de enfermar, de estar dolientes y en última instancia de morir. La pregunta que se impone es si en el mientras tanto no nos estaremos olvidando de vivir.

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¿Persiguiendo o escapando? Así como los galgos corren detrás de la liebre en una pista de carreras, las sociedades en que vivimos también parecen tener su propia presa para los sujetos (galgos) depredadores. Esa presa se llama felicidad, éxito y salud. O también podemos pensar esto a la inversa: puede que la liebre seamos nosotros y los galgos se llamen dolor, sufrimiento, angustia, padecimiento; o, en otras palabras, los problemas de la existencia, propios del vivir.

El DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales) es una publicación editada por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (en inglés, American Psychiatric Association – APA), es considerado la biblia de los psiquiatras y su última edición, la quinta, data del año 2013. Allen Frances (Nueva York, 1942) dirigió durante años el DSM así como el equipo que redactó el DSM-IV. En su libro ¿Somos todos enfermos mentales? (Ariel, 2014) realiza una autocrítica y cuestiona que el Manual académico de la psiquiatría colabore en la creciente medicalización de la vida. En una entrevista afirmaba que estamos convirtiendo problemas cotidianos en trastornos mentales.

Frances estuvo dentro, salió y ahora se interroga sobre la miopía que implica atender los asuntos humanos desde únicamente la perspectiva biológica, que entiende a las personas, a los sujetos, como un entramado de circuitos neuronales y secreciones químicas.

Etiquetado rápido = cuestionamiento nulo. Contemplar la biología como el único determinante del proceso salud-enfermedad es, al menos para las personas, pan para hoy y mucha, mucha hambre, para mañana. Básicamente porque anula la capacidad para pensar, contextualizar y en definitiva construir soluciones, que no son universales sino singulares. Enumerar síntomas, diagnosticar rápido y tratar con pastillas parecería ser la panacea.

En un tiempo complejo como en el que vivimos, donde nada es seguro, asistimos y nos tentamos con los cantos de sirena de la publicidad y el marketing, que nos invitan a consumir para alcanzar la felicidad. Es grosera la afirmación pero anda por allí la cuestión: compre y será feliz, flaco, joven y exitoso.

Todo es ya, hoy, sin historia, sin profundidad. Surfee y no bucee. Los asuntos, conflictos y/o dramas de su existencia son fallas a superar, nunca problemas a entender, comprender y luego soluciones a construir. Así vamos…

La medicación es por demás eficaz y recomendada cuando los trastornos son severos y/o prolongados. En términos de temperatura corporal, cuando estamos por encima de los 37 grados o por debajo de los 36.

La medicalización de la sociedad deriva en la disolución y estrechamiento de las fronteras entre lo normal y lo patológico. En clave temperatura del cuerpo, sería como suponer que solamente no hay fiebre entre los 36,3 y los 36,7 grados, como si la carretera se pareciera más a un camino sinuoso ubicado al lado de precipicios donde acecha la enfermedad.

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Desconocer que los sujetos somos seres bio-psico-sociales, seres con historia y con proyectos, es de algún modo perder el sentido común, esa capacidad para vincular y asociar nuestras existencias con el tiempo histórico-social que habitamos. Por supuesto que hay niños, adolescentes y adultos que necesitan ser medicados. Otro tema es la ilusión de que los síntomas psíquicos sólo tienen una causalidad orgánica.

La apuesta está en lo multicausal, en preguntarse por qué un niño está inquieto, irritable y/o desatento; o un adulto apático, ansioso y/o triste. ¿Será por las mismas causas, por los mismos determinantes sociales, históricos y familiares? La solución fácil, homogénea y también rígida es concebir la solución desde solamente una perspectiva biologicista, es decir motivada por una desrregulación en la química cerebral. El camino de afrontar los sufrimientos cotidianos sin anestesiarlos con la pastilla de turno puede parecer a primera vista largo y a veces doloroso. Sin embargo, termina siendo el más corto, puesto que la la herida infectada no es tapada ni negada, sino limpiada y dejada a punto para comenzar con su curación.

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