Si son preguntas que sean las correctas

Diciembre continúa avanzando y poco a poco me comienza a ganar el deseo de desconectar, pasar raya, entrar en modo ahorro de batería, ejecutar algunos balances y comenzar a bocetar el 2019. Escrito así parece bastante lineal pero en los hechos pasaré a un mix de descanso, mayor reflexión y sobre todo gerencia de familia a tiempo completo.

Desde hace un buen tiempo pienso que hay un calendario y un tiempo que es aquel con el que nos regimos (el de los días y meses) y otro (el importante) que tiene que ver con la brújula interior de cada uno, ese instrumento que nos habla de cuán orientados estamos, si somos conscientes de las coordenadas en las que estamos ubicados, así  como de la compañía con que estamos compartiendo el camino.

Creo cada vez más, sobre todo a medida que voy cumpliendo años, que encontrar la brújula, calibrarla y luego usarla para definir al menos un rumbo general, se torna un asunto casi que de supervivencia. Suena extremo pero lo siento así. Como se me da con facilidad pensar visualmente, durante este año creo que una de las metáforas más felices que se me ocurrieron para pensar(nos) en el tiempo que vivimos (sin contar la de la calesita y el rock & samba) fue la de la cerveza y la espuma. Así me expresaba por entonces:

Muchos sujetos actuales parecieran querer vivir como si la espuma, en un vaso de cerveza, no se fuera a extinguir nunca. Siempre hay que estar pum para arriba, productivos, enamorados, felices, pletóricos y en estado de bienestar. Nada más cerca del infantilismo que la dificultad para elaborar las pérdidas y pretender vivir siempre en la cresta de la ola. Sustituir es diferente a elaborar, procesar e integrar aquello que se tuvo y se perdió o no se conquistó ni logró. Duelar es el verbo clave para no quedar repitiendo, para no tropezar con la misma piedra.

La banalidad, liviandad e insignificancia asoman como comunes denominadores de nuestra época. Son consecuencia de un panorama cultural donde la idea de proceso, con sus avances, retrocesos y pausas, no está teniendo la mejor prensa. El rock & samba no va a ser apagado y por el contrario alumbran nuevos desafíos como los de la inteligencia artificial, que seguramente complejizarán aún más el contexto.

La vida en el rock & samba está acelerando los tiempos de crianza y de la vida en general. Las imágenes son dominantes y en retirada se encuentra la lectura. El espíritu reflexivo y crítico no es lo más común, por lo cual asistimos a variados déficits simbólicos que desembocan en variadas descargas motrices, entre otros el déficit de atención en los niños y las adicciones en los adultos. Vivimos como si lo nuevo fuera lo mejor y descartar algo mucho más que un verbo. Muchas personas quedan expuestas a sentimientos profundos de falta en la medida que persiguen ideales (piense en el ideal como aquello que está arriba, usted con la cabeza y la vista hacia el cielo y en consecuencia sin mirar a los otros, a sus semejantes) de felicidad, completud y juventud eterna. El conflicto, al igual que la idea de proceso, tampoco está en su mejor época, razón por la cual se le dedica un escaso margen para gestionarlo y negociar. Y si por si fuera poco, la noción de proyecto, colectivo y personal, hace agua por la idea del doble click y el scroll, vale decir creer que alcanzar y cuidar algo es como soplar y hacer botellas.

En una entrevista de hace unos años y que en otra parte de este blog he comentado, un psicólogo argentino decía que en estos tiempos convulsionados ser neurótico era un privilegio. Mi traducción sería la siguiente: cuando lo que abundan son imágenes y escaso pensamiento crítico y reflexivo, es comprensible que ello acontezca en la infancia y preocupante que suceda en los grandes, básicamente porque somos los adultos quienes tenemos que enseñar/educar (con el ejemplo) a los niños para que se logren regular. O en otras palabras: si como adultos no nos regulamos, qué les podemos exigir a nuestros hijos.

La complejidad psíquica, una cabecita poblada de palabras, de experiencias metabolizadas, oficia como un colchón que media entre los estímulos y las respuestas. Ante la ausencia de algo que medie entre la infinidad de estímulos con que somos asediados y nuestras respuestas, nos parecemos más a perlas sueltas que a un collar unido e hilvanado por historias.

El tiempo presente, plagado de ruidos de todo tipo, demanda redes sociales más off-line que on-line, redes de verdad en las que haya más cerveza y menos espuma. Nuestra época está necesitada de personas conectadas con sus dilemas existenciales, aquellos que afloran y pueden abordarse cuando nos podemos hacer las preguntas correctas y necesarias, no para ir más rápido sino bien rumbeados.

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