Mar revuelto para infancias y adolescencias

El fin de semana se termina y durante el mismo me di el gusto de mirar completa la primera (y por ahora única) temporada de Mindhunter, la serie de Netflix sobre dos agentes del FBI que investigan sobre asesinos en serie y sientan las bases de la criminología actual.

Fines de los años ’70 del siglo pasado y el FBI tenía una mirada concreta y poco abstracta sobre el por qué, sobre las razones que llevan a un sujeto a cometer actos aberrantes. ¿Se nace o se hace? Tal vez sea esta una de las preguntas centrales en psicología y en los asuntos humanos. ¿Es algo mecánico o algo biológico que determinados hechos acontezcan? La serie se apoya brillantemente, a mi juicio, en lo que tiene para ofrecer una psicología dinámica y no descriptiva, en una psicología que se interroga sobre el papel que jugó la infancia y las primeras relaciones en la constitución del psiquismo. La serie se sumerge de lleno, a través del trabajo de los agentes del FBI, en la pregunta acerca de qué incidencia tiene la relación con los padres, con la primera mujer (la madre) y fundamentalmente el papel de las fantasías constituidas en esa época vital, con los posteriores actos horrendos que termina cometiendo un asesino serial.

En términos cuantitativos estas personas son minoritarias, pero cualitativo el alcance y repercusión de sus actos. No son asesinos en serie pero sí horrendos, también, muchos hechos que suceden en nuestra sociedad y que nos interpelan acerca de cómo es que un sujeto puede terminar haciendo lo que hace; como el reciente caso en la zona de Pinamar y Atlántida.

Más allá de estos casos perturbadores y extremos, la infancia y adolescencia en este tiempo convulso e inquieto en que estamos viviendo no son las mismas que hace dos o tres décadas, entre otras cosas porque las categorías de afuera y adentro tienen otros significados. Antes estar afuera podía ser jugar con los amigos y hoy estar afuera puede ser estar conectados a internet, tal vez conversando con un extraño; sin contar el hecho sobre el grado de inseguridad y extrañeza con que estamos viviendo los espacios públicos.

La infancia y mucho menos la adolescencia están lejos de ser épocas idealizadas. Allí hay sufrimientos y padecimientos, sobre todo cuando la ausencia de adultos que guíen y orienten es más patente.

E incluso hoy, como nunca antes, estar físicamente pero no emocionalmente puede tener efectos insospechados. Antes mandar un hijo al cuarto era sinónimo de que estuviera solo; hoy, gracias a los dispositivos electrónicos, eso podría ser sinónimo de dejarlo solo y a la intemperie emocional. Internet y las redes sociales son una ventana al mundo y quizás a lo más peligroso de él.

La sociedad actual, con sus estímulos fuertes, intensos y rápidos, provoca cansancio en los adultos y ni que hablar en los niños y adolescentes, quienes necesitan que sus referentes adultos ejerzan una asimetría basada en el respeto, afecto y firmeza. Los niños y adolescentes son proyecto y no un grande con menos años y estatura. Desconocer esto es desconocer y negar la fragilidad de aquellos que comienzan a transitar por el camino de la vida.

Si los adultos dejamos solos a niños y adolescentes provocaremos angustia y desorientación y aquello que no es procesado, elaborado ni metabolizado vuelve, ya sea a través de actos impulsivos, adicciones y/o rendimientos académicos que denotan poco amor al saber.

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Niños y luego adolescentes, nacidos y sometidos a la inmediatez de lo visual, necesitan de ese otro tiempo, el que caracteriza al pensar y reflexionar. Es un gran peligro estar lanzando a la acción a los más jóvenes, en una suerte de carrera por la sobrevivencia (esto me hizo acordar a alguna de esas películas futuristas, como Los juegos del hambre, que plantean una sobrevivencia del más fuerte).

Niños y adolescentes son proyecto y sus dificultades necesitan ser comprendidas y no tapadas (medicalizadas) como si de una mancha de humedad se tratara.

No todos rendimos igual, ni tenemos los mismos tiempos, ni creo que tengamos que aprender mucho y rápidamente. Buena cosa sería preguntarnos acerca de cuál es la urgencia y la exigencia en la que estamos inmersos.

Este tiempo de incertidumbres y estímulos constantes, a diferencia de otras épocas, están jaqueando la estabilidad y equilibrio de muchos adultos, que no pueden sostener su función de guía y orientación. Tal vez estemos necesitando generar otros espacios, diferentes a la psicoterapia, para ayudar a adultos con dificultades para responsabilizarse, proteger así a los más frágiles y sobre todo garantizar su futuro.

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