El punto de no retorno

En la película Armagedón un asteroide amenaza la existencia de la tierra y para su destrucción envían una misión heterogénea de astronautas encabezada por Bruce Willis. La misión consistía en poner una bomba atómica en el asteroide para que este explotase antes de impactar contra nuestro planeta. El asunto crucial pasaba por hacer detonar el arma nuclear antes de un punto equis en el espacio, el punto de no retorno, luego del cual era infructuoso todo el esfuerzo debido a que el asteroide terminaría por chocar contra nuestra casa.

Has leído este primer párrafo introductorio y quizás te preguntes a dónde voy con esta viñeta cinematográfica, de un film que además fue estrenado hace veinte años. Me dirijo hacia esa zona oscura y tenebrosa que se deriva del caso del niño de ocho años asesinado recientemente por un adolescente de 17 en el balneario Neptunia, cercano a Montevideo. Al respecto, en el portal de noticias Montevideo.com leía lo siguiente en estos últimos días:

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Por otra parte, en el diario El País se publicaba lo siguiente respecto al caso:captura-de-pantalla-14.png

Leyendo las líneas anteriores me surgen varias preguntas y algunas consideraciones. Comenzando por estas últimas, no hay mucho que decir sobre el horror y perplejidad que se derivan de estos hechos aberrantes. Los interrogantes giran, por un lado, en torno al cómo es posible que una persona termine cometiendo estos actos y por otra parte, teniendo como ciertas las afirmaciones recabadas por los periodistas a los vecinos, cómo es que no funcionaron los mecanismos de prevención y contención para un núcleo familiar que, como mínimo, tenía un funcionamiento problemático y/o disfuncional.

Los estudiosos de estos fenómenos violentos, entre ellos los contemporáneos Silvia Tendlarz y Jorge Bafico, en Argentina y nuestro país respectivamente, al igual que Robert Ressler (agente del FBI que en los años ’70 del siglo pasado introdujo el concepto de perfil psicológico de asesino serial) coinciden en que la dificultad principal de quien mata está relacionada con el amor, con los afectos y en definitiva con la historia singular y particular de cada persona. O quizás lo mismo dicho en otras palabras: no se nace, sino que se hace; somos producto de nuestra historia.

Somos historia de vínculos, de aquellos que fueron persistentes, duraderos y frecuentes. Es en la infancia cuando esas primeras interacciones con nuestras figuras de referencia (habitualmente los padres) van comenzando a poblar nuestro psiquismo, cuando la Matrix se va instalando y/o cuando nuestro software con sus primeras líneas de comando va estableciéndose.

Siendo productos de nuestra historia y en aras de la comprensión, cabe la consideración sobre las condiciones de crianza de un/a niño/a. Me explico en clave de pregunta: ¿alguien que trata como un objeto (primero a animales y luego a personas) habrá sido primero tratado como tal? Con esto no quiero decir que todo aquel que tortura a animales o incluso haya tenido una infancia carenciada, violenta y/o con padres ausentes termine cometiendo un crimen.

Lo que sí es muy probable es que quien se sintió tratado como una cosa -en modo tsunami y/o en modo gotita de agua, durante mucho tiempo durante su infancia, ese período en que el cableado psíquico se está conformando- termine tratando como una cosa a los otros; lo que en términos psicológicos se denomina cosificar al otro.

La sangre es al cuerpo lo que la angustia al psiquismo. Cosificar al otro, no empatizar con su dolor y en consecuencia no sentir culpa por lo que se le provoca (“a la mierda, capaz que lo lastimé… me voy a disculpar, le voy a pedir perdón”) es producto de la historia singular de una persona, que en este caso ha de estar jalonada por sentimientos similares a los que luego se le provocan a otros. Lo que se sufre pasivamente luego se le provoca activamente al otro. De víctima a victimario.

De haberse registrado los hechos relatados por los vecinos (tortura de animales y otros actos violentos), por parte del adolescente homicida, cabe que nos preguntemos al menos lo siguiente: ¿qué les pasó a los padres o adultos de referencia del por entonces niño y luego adolescente que no pudieron ponerle freno a los comportamientos de su hijo? ¿Estos “pequeños hechos ruidosos” de los que hablan los vecinos, así como otros comportamientos inusuales, fueron registrados en las distintas reparticiones estatales  (jardín de infantes, escuela, policlínica de salud) donde se constataron? ¿Fue hecha alguna denuncia en alguna seccional policial? En caso afirmativo, ¿no es posible que este cúmulo de información constatado y registrado en diferentes agencias estatales sea analizado y encienda alguna luz de alarma que genere respuestas preventivas de parte de alguna repartición gubernamental?

Hoy por supuesto es tarde para ponerle freno al dolor y sufrimiento que debe de estar rodeando a la familia del niño asesinado. A los efectos de advertir y preparar a la población con tiempo sobre la posibilidad que haya un tsunami, en el océano se instalan boyas que registran los movimientos inusuales de las mareas. En esta línea de pensamiento, quizás sea tiempo que el Estado, como columna vertebral y centro de comando de la nación, integre, coordine y tome decisiones que protejan más y mejor a sus hijos/ciudadanos.

En la película Armagedón nuestro planeta logró salvarse luego que la bomba puesta en el asteroide explotara antes del punto de no retorno. Hoy, a fines de setiembre, la familia del niño muerto y el barrio donde sucedió este hecho horroroso, no pueden decir lo mismo.

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