Lo que no se nombra, se repite: el valor de poner en palabras lo que duele


En la vida muchas veces nos encontramos repitiendo situaciones que parecen calcadas: vínculos que terminan de la misma manera, reacciones que se desatan ante los mismos estímulos, decisiones que nos llevan a idénticos callejones. Desde afuera, puede parecer un capricho, un error o una falta de aprendizaje. Sin embargo, desde la clínica sabemos que lo que se repite no es casualidad, es un mecanismo psíquico.

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Estar mal no siempre significa estar enfermo

En la cultura actual, marcada por la hiperproductividad y la exigencia de estar “siempre bien”, resulta incómodo admitir que atravesamos momentos de tristeza, angustia o cansancio profundo. Lo que antes se reconocía como parte de la experiencia humana —el duelo, la incertidumbre, la frustración— hoy suele ser visto como un problema que hay que eliminar rápido, ya sea con pastillas, rutinas de rendimiento o frases motivacionales enlatadas.

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Pensar duele, callar enferma

Hay dolores que no desaparecen con el tiempo. Por el contrario, se enquistan, se repiten, encuentran otros caminos para hacerse sentir. Muchas veces pensamos que si callamos, si evitamos, si no nombramos, el sufrimiento quedará atrás. La experiencia muestra lo contrario: lo que no se piensa, insiste.

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Un síntoma, una señal

El síntoma es una señal. Una forma en que el cuerpo o el ánimo nos muestran que algo no está funcionando del todo bien. A veces molesta, a veces duele, a veces se repite sin que sepamos por qué. Pero siempre dice algo. Un síntoma puede ser una ansiedad que no se calma, un insomnio persistente, un enojo desmedido, una sensación de vacío que aparece incluso en momentos “buenos”, una angustia sin causa aparente, una conducta que se repite aunque no queramos o una inhibición que paraliza.

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