La distancia entre dos sillones

En mi consultorio hay dos sillones. El rojo es el que utilizo yo. El negro, el que ocupan quienes vienen a hablar conmigo. Entre ambos hay una distancia que, como tantas cosas del encuadre, se fue estableciendo con el tiempo y parecía no necesitar demasiadas explicaciones.

Hasta que, en distintos momentos, más de una persona la señaló:

En una de esas ocasiones, alguien acercó el sillón negro y las patas dejaron una pequeña marca en el parquet.

No sé qué significó exactamente aquel movimiento para quien lo hizo. Podía tratarse de una búsqueda de comodidad, de un impulso momentáneo o de una necesidad de mayor proximidad. Una escena clínica no debería cerrarse demasiado rápido con una explicación.

Pero la marca quedó allí y con ella, una pregunta:

En psicoterapia, la distancia no se mide solamente en centímetros. También se expresa en el modo en que cada persona vive la espera, el silencio, el límite, la diferencia y la disponibilidad del otro.

Hay momentos en que una diferencia puede sentirse como lejanía.
Una espera, como abandono.
Un silencio, como desinterés.
Y un límite, como rechazo.

En otros casos sucede lo contrario: la cercanía se vive como intrusión, la pregunta como invasión y la presencia del otro como una demanda de la que es necesario protegerse.

Por eso no existe una distancia ideal aplicable a todas las personas.

Hay quienes necesitan comprobar que el otro permanece. Otros necesitan descubrir que pueden tomar distancia sin que el vínculo desaparezca. Algunos pueden hablar cuando sienten una presencia cercana y otros solo consiguen encontrarse consigo mismos cuando disponen de suficiente espacio.

Cada persona trae una manera singular de acercarse, alejarse, pedir presencia y protegerse de ella.

Una terapia no consiste en abolir toda distancia.

Si el terapeuta queda demasiado lejos, la relación puede volverse fría, abstracta o inaccesible. Pero si intenta estar demasiado cerca, puede borrar la diferencia necesaria para que el paciente pueda escucharse, pensar y reconocer algo propio.

Se trata de estar disponible sin ocuparlo todo. De alojar una experiencia sin apropiarse de ella y de acompañar sin sustituir al otro en el trabajo que solo él puede realizar.

La diferencia es necesaria para que haya encuentro.

Dos personas completamente confundidas entre sí no pueden escucharse. Pero tampoco pueden hacerlo si entre ellas solo hay ausencia o indiferencia.

No es una medida fija. Es una distancia que se afina a lo largo del proceso y, en ocasiones, dentro de una misma sesión.

El espacio terapéutico no es un escenario completamente neutro. La disposición de los sillones, la puerta, la ventana, la luz, los libros, los horarios, los silencios y los movimientos de los cuerpos forman parte de la experiencia. No determinan por sí solos lo que ocurre, pero pueden recibir y volver visibles aspectos que todavía no encontraron palabras.

Eso no significa que cada gesto esconda un significado que el terapeuta deba descifrar.

A veces una persona mueve un sillón.

A veces modifica el tono de su voz, llega antes, se demora al salir, mira hacia la puerta o guarda un silencio distinto. El gesto puede pasar inadvertido o empezar a formar parte de una secuencia. Puede no significar nada más que lo evidente o adquirir, con el tiempo, una profundidad inesperada.

La clínica también consiste en no saber demasiado pronto.

Fuera del consultorio, la distancia también organiza nuestros vínculos. Hay personas que necesitan una cercanía permanente para sentirse queridas. Otras se alejan cuando alguien empieza a importarles demasiado. Algunas dicen que sí para evitar una separación. Otras se retiran antes de correr el riesgo de necesitar.

No siempre se trata de elegir entre cercanía o distancia. El desafío es encontrar una forma de relación en la que sea posible estar próximo sin quedar absorbido y conservar la diferencia sin convertirla en abandono.

Una relación suficientemente buena permite movimientos: acercarse, tomar aire, volver, disentir, esperar y reencontrarse. No obliga a permanecer pegados para confirmar que el vínculo existe, ni exige alejarse para conservar la propia identidad.

Quizás una parte importante de la vida psíquica se juegue allí: en aprender que el otro puede ser diferente sin dejar de estar, y que uno puede ocupar un lugar propio sin quedar completamente solo.

Las marcas del sillón continúan en el parquet.

No las pienso como la huella de una persona ni como la prueba de una interpretación. Las recibo como un recordatorio de que el espacio entre dos personas nunca está completamente vacío.

Entre los dos sillones queda una distancia.

No es una falla que deba eliminarse.


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