La experiencia emocional de vivir con celiaquía
El sábado 16 de mayo participé del Primer Congreso Uruguayo de Celiaquía y Alimentación Inclusiva, compartiendo una charla titulada “Más allá de la dieta: la experiencia emocional de vivir con celiaquía”. Fui con la intención de hablar sobre algo que muchas veces queda menos visible: los procesos emocionales que atraviesan las personas cuando la comida deja de ser algo espontáneo y comienza a requerir atención, control y reorganización cotidiana.
Pero lo que apareció durante la charla fue algo más profundo que una exposición.
A medida que las personas preguntaban, compartían experiencias y se animaban a hablar de lo que les pasaba, el espacio comenzó a transformarse en algo más cercano a un intercambio grupal, casi un pequeño espacio de acompañamiento.
Y creo que ahí apareció algo importante.
Muchas veces pensamos la celiaquía únicamente desde la alimentación, la dieta o los cuidados médicos necesarios. Pero vivir con celiaquía también implica atravesar un proceso de adaptación emocional y vincular.
Durante la charla compartí una metáfora que me acompañó mucho mientras preparaba este encuentro: la idea de dos islas unidas por un puente. De un lado queda la vida conocida: la espontaneidad, la tranquilidad de no pensar constantemente en la comida, la naturalidad de compartir una mesa sin demasiadas preguntas.Del otro lado aparece una nueva forma de habitar la vida cotidiana: más consciente, más cuidadosa, a veces más vigilante. El puente es justamente el proceso de adaptación, el duelo silencioso que implica dejar atrás ciertas formas conocidas de vivir y construir otras nuevas.
También hablamos de cómo, cuando la comida deja de ser completamente confiable, aparece el control. Las preguntas constantes.La anticipación. La ansiedad.
Y compartimos otra idea importante: no se trata de eliminar totalmente la ansiedad, sino de ayudar a que la persona pueda volver a su eje, sin quedar permanentemente inclinada hacia la alerta y el miedo.
Hubo otra imagen que apareció con mucha fuerza: la de las manos entrelazadas. Porque comer no es solamente alimentarse. Comer también es compartir, pertenecer, sentirse parte.
A veces el diagnóstico desordena momentáneamente esos vínculos cotidianos, como si las manos se desenlazaran. Y parte del proceso de elaboración tiene que ver con volver a encontrar formas de conexión, inclusión y encuentro.
Al terminar la charla, varias personas se acercaron a compartir experiencias personales y a agradecer el espacio. Y creo que eso confirmó algo importante: Las personas no solo necesitan información. También necesitan espacios donde sentirse escuchadas, comprendidas y acompañadas.
Quizás ese haya sido el verdadero corazón del encuentro.
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