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Entre el aire y el mar: la brújula interior

Vengo de una historia marcada por el movimiento.

De mi padre heredé el aire: el vuelo, la dirección, el impulso de ir más alto. El piloto de caza que fue, con su precisión y su riesgo, me enseñó la fuerza del foco y también el costo de perder contacto con la tierra.

Durante años lo critiqué por esa distancia —por no haber estado más presente—, y sin darme cuenta, muchas veces yo también viví demasiado en el aire. Hoy aprendo a integrar: volar, sí, pero con raíces.

De mi amigo Diego Rombys, el marino, aprendí la calma y la lectura del clima. No se trata de dominar el mar, sino de entender sus corrientes y ajustar el rumbo. Del vuelo a la navegación: del control a la confianza. El mar me enseñó a trabajar desde la escucha, no desde la fuerza.

Y de mi abuelo Renato, el cronometrista, aprendí el ritmo. El tiempo de la carrera, el sentido del equipo, la importancia de saber cuándo tirar y cuándo dejarse llevar por el pelotón. De él viene mi amor por los procesos, por acompañar el pulso humano más que el resultado inmediato.

Aire, mar y tierra en movimiento: tres lenguajes de orientación que hoy se vuelven brújula interior. Mi manera de estar en el mundo profesional —como psicólogo, consultor y acompañante— nace de esas tres herencias: el foco, la escucha y el ritmo.

Ya no busco ganar altura ni velocidad. Busco equilibrio.

Entre el impulso y la paciencia, entre el viento y el agua, entre la acción y la presencia.

Esa es mi forma actual de navegar, de volar, de vivir.

La alianza como brújula

Lo que aprendí acompañando la voz del paciente

A veces las entrevistas son más que entrevistas: son espejos. La semana pasada, al conversar con Diego Rodríguez para COLANSA, sentí que no estaba hablando solo de un proyecto del pasado, sino de un proceso que todavía me habita. Volví a la Alianza de Pacientes Uruguay, y descubrí que esa historia sigue siendo una brújula que orienta mi manera de trabajar, de acompañar y de cuidar.

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El cuidado también se entrena

Hay lugares donde el cuerpo aprende lo que las palabras apenas pueden enseñar. La Escuela de Jockeys es uno de esos lugares. Allí, el esfuerzo se vuelve hábito, la concentración se vuelve respeto, y el vínculo con el caballo enseña tanto como cualquier lección.

Llevo más de una década acompañando la formación de jóvenes en la Escuela. A veces se trata de enseñar técnica y estrategia; otras, de sostener silencio y mirada.

En cada clase se cruzan la disciplina, el cuerpo y el sueño: aprender a montar es también aprender a conocerse, a cuidar el instrumento que uno es.

En estos días la Escuela fue noticia, y me alegra que se vea el esfuerzo y la constancia de tantos. Pero lo que más me conmueve sigue siendo lo invisible: ese momento en que un alumno comprende que la norma no lo limita, sino que lo forma; cuando la serenidad reemplaza la ansiedad; y cuando el respeto se vuelve natural.

Porque en el fondo, cada jinete —como cada persona— aprende a conducir su propia energía.


Podés leer la nota completa publicada por Telemundo aquí:

Cuidar al que Cuida: lo que el encuentro me devolvió

El 16 de octubre facilitamos el primer encuentro Cuidar al que Cuida, un espacio que nació con una intención simple y profunda: detenernos para reflexionar sobre cómo cuidar sin perdernos. Participaron más de veinte personas de distintos ámbitos de salud y bienestar. Pero más allá de los roles o las instituciones, lo que nos reunió fue algo más esencial: el deseo de encontrarnos desde la humanidad que sostiene el cuidado.

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