Una conversación poco común

Hablé con mi padre, al fin le dije a mi madre, me anoté al taller de teatro, cuando la vi no me sentí mareado, logré terminar con mi novio, le dije que la quería, al final me animé y dí esos exámenes, me compré la moto que tanto me gustaba, no tuve miedo en el ómnibus, este último fin de semana no tuve dolores de cabeza. La palabra, siempre la palabra, en el medio, como el vehículo que conecta y tiene el potencial para destrabar y transformar aquello que parecía fijo, muerto, estereotipado.

Somos seres de palabra. Nos convertimos en humanos, en sujetos, porque alguien nos sostuvo, nos mimó, nos abrazó, nos cuidó y acarició, nos albergó en su nido (material y afectivo) y nos presentó el mundo con su propio relato. Es con palabras que alguien con el correr del tiempo entiende lo que sucede a su alrededor y también comprende qué le sucede a él/ella.

Con la idea de escribir algo sobre las palabras, en los últimos días dos entrevistas me gustaron mucho. En una de ellas la semióloga argentina Ivonne Bordeloiss decía lo siguiente:

Ahora la palabra está herida. En la televisión se oye una falta de conciencia lingüística, de aplastar las cosas. Hay una especie de topadora que pasa por el lenguaje y destroza palabras. Todo eso bajo el sostén de giros muy torpes. Hay una insistencia en ciertas metáforas, como si existiera un descenso cloacal del lenguaje. Antes nos moríamos de risa y ahora se dice nos cagamos de risa; antes nos rompíamos el alma y ahora nos rompemos el culo. Me parece que es un síntoma grave. Tendría que alarmar a los terapeutas de la sociedad para que analicen los movimientos inconscientes que hacen que la gente y los gobiernos se vuelquen a estas cosas, a esta cerrazón lexical, sintáctica y metafórica.

En otra entrevista, Patti Smith, cantante y escritora, afirmaba: “la palabra es y ha sido el arma más hermosa del mundo, pero en estos tiempos donde todo es tan inmediato, creo que la palabra es hoy más importante que nunca”.

La palabra es el instrumento principal que circula en un encuentro con un psicólogo, en el cual quien consulta podrá hablar para ser escuchado sin juicios, prejuicios ni deseos. Durante las primeras entrevistas aquel que consulta irá descubriendo que la relación que se va estableciendo es diferente a las existentes fuera del consultorio.

Muchas veces se cree y escucha que los malestares pueden conversarse con la madre, un amigo o la pareja, hasta pronto descubrir que lo que en consulta se despliega es otro discurso, que será más libre cuanto más se deje llevar por sus hilos asociativos. Así, el panorama, el paisaje vital se irá ampliando y transformando, dejando de ser un presente permanente, un pasado vivo y angustiante y un porvenir desolado e imposible.

Actualmente, las personas consultan porque sufren por malestares existenciales variados, fracasos, desazones y síntomas que pueden expresarse, solitaria o conjuntamente:

  • en el cuerpo: dolores de cabeza reiterados, persistentes gastritis y otras disfunciones en el aparato digestivo, angustias en el pecho, vértigos, mareos, dolores articulares;
  • en el desempeño educativo y/o laboral: extrañas equivocaciones u olvidos, rituales obsesivos, dificultades de concentración, frecuentes exámenes y o pruebas no aprobados.
  • en el estado de ánimo: llantos y angustias frecuentes, miedos, desgano, oscilaciones bruscas que hacen pasar de la manía a estados depresivos.
  • y en las relaciones: soledades, peleas, dificultades para relacionarse, etc.

Hoy la palabra no goza del esplendor de otros tiempos. Las pantallas son omnipresentes y el campo de la normalidad se estrecha al mismo tiempo que se procura medicar lo que antes eran considerados dolores de la existencia.

Para los eventos que nos provocan dolor no hay significaciones universales, una regla general que se aplique para todos, algo así como “… si te pasó esto, es por aquello o para que comprendieras esto otro…”.

Por ello la medicación psiquiátrica (muchas veces necesaria), así como las pautas de comportamiento y las indicaciones de un app instalada en un celular, no son el camino para construir una solución a los problemas que nos aquejan.

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Nuestro tiempo, creo yo, está necesitado de recobrar la palabra, equilibrando la atención que se le dedica a las pantallas. Menos surfeo y más buceo, para encontrar dentro de cada cual dónde resuenan los conflictos y así poder aliviar los malestares y construir o recobrar un papel protagónico (y no quejoso/demandante/infantil) en la existencia. Eso es posible, como decía Jung, dejando de soñar y comenzando a despertar. La herramienta está al alcance de todos aquellos que estén dispuestos a hablar.

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