Reiniciando

Febrero se termina y acá estoy de vuelta, luego del último post de fines de diciembre. Quedan atrás dos meses de vacaciones, de gerente de familia a tiempo casi completo, mucha lectura y también, como no hacía desde hacía varios años, mucha televisión. Tras años de casa tomada, me puse a tiro con muchas series de Netflix de las que había leído buenas críticas. De ellas, de los libros que leí y de muchas otras cosas iré hablando aquí en las próximas entradas.

Sin embargo, este primer post de 2019 lo quiero dedicar a repasar estos últimos dos meses y medio, en los cuales estuve con mis hijos (de 9 y 3 años) prácticamente a jornada completa. Se trata de un post más personal en el que quiero compartir algunas reflexiones sobre lo vivido cotidianamente y sobre todo lo que experimenté bien de cerca durante este verano que se va terminando.

Dos cosas que desde hace tiempo observo, tanto como padre como psicólogo, es la gran ausencia de espacios intermedios en la cotidianeidad de los niños. La calle dejó de ser un espacio seguro y la vida de los niños transcurre en general de una institución a otra: de la escuela al club y de éste a alguna otra actividad extra escolar. Ya no hay espacios mixtos, o son los menos, en los que los niños se puedan encontrar y compartir un rato no reglado, un espacio no determinado por el reloj. El espacio público, al menos esa es mi percepción, muchas veces parece tierra de nadie y la antigua regulación entre sujetos que no se conocían hoy pareciera caracterizada por la desconfianza y el no involucramiento. La pregunta que me hago es dónde está el Estado con sus instituciones para ejercer la función reguladora necesaria que promueva la convivencia y habilite la construcción de la confianza. También me interrogo acerca de la relación entre igualdad y dignidad cuando miro el dormitorio en que se ha convertido buena parte de nuestra ciudad. Sólo son apreciaciones, que a mí me duelen, porque el Estado en tanto pater de la nación, creo que no está cumpliendo con su función de preservar ciertos límites en la integridad y dignidad de sus ciudadanos-hijos. ¿Todo es posible, todo está permitido, sólo somos sujetos de derechos?

El tránsito resulta un buen ejemplo en este punto, sobre todo cuando es concebido como un sistema. Aquí la consideración: ¿por qué peatones, bicicletas y motos han de ser respetados como si de autos se tratara y sin embargo no se comportan como tales cuando se trata de las obligaciones? Está en la tapa del libro que sean respetados sus derechos; ahora ¿por qué estos actores del sistema de tránsito no se comportan como tales cuando tienen que cumplir sus obligaciones?

Volviendo a los niños, otro aspecto no menor refiere a lo reglada de la vida de los infantes, así como al declive del tiempo libre para jugar, curiosear y simplemente ser.  Suena a reminiscencia pero creo que vale la pregunta: ¿qué ha sucedido con esas tardes de fútbol sin más límite que el de ser llamado para bañarse, cenar e irse a la cama?

Esta pregunta última huele a tonta añoranza, porque este es el tiempo que nos toca vivir y sobre el que podemos accionar para transformarlo. Es un hecho que las plazas, patios y canchitas de fútbol de antaño conviven con el patio virtual de muchos juegos. Nos vemos en Fortinte asoma como el nuevo mantra. Allí, en la nube, los amigos se encuentran, juegan, discuten, se enojan y frustran, así como también planifican y coordinan, padres mediante, visitas a la casa de uno o de otro.

Por algún lugar leía hace un tiempo una pregunta que decía más o menos así: ¿qué es la infancia si no hay tiempo libre? Me pregunto si no somos los adultos, en aras de prepararlos para un mundo que asoma incierto y volátil, quienes estamos colonizando con nuestras prioridades ese tiempo que necesita de protección, afecto, contención y luego, de forma progresiva y gradual, la entrada a las obligaciones y responsabilidades.

Producir o morir parece la consigna o el lema en el que se mueve el mundo de los grandes, así como consumir para pertenecer también ilumina como una batiseñal el cielo en las postrimerías de esta segunda década del siglo en curso. Los niños, invadidos por la productividad, eficacia y competencia del mundo de los grandes, oscilan entre la exigencia desmedida y la vulnerabilidad resultante de la exposición a una ritmo, a veces, insostenible. Así como un proverbio africano dice que para educar a un niño hace falta una tribu entera, también podemos afirmar que lo que el niño necesita, mucho más que herramientas para cuando sea grande, son adultos capaces de proteger su tiempo libre y estar presentes en cuerpo pero sobre todo en alma.

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