Covid, redes y desafíos

En nuestro Uruguay y todo el hemisferio sur el frío ha llegado para acompañarnos durante los próximos dos o tres meses. Escribo estas líneas mientras todos los niños (a partir del 29 de junio) se han reincorporado a las clases luego de más de cien días de confinamiento y cuarentena. Más allá del foco activo de infectados en Treinta y Tres, todo indica que lentamente estamos llegando a esa nueva tierra llamada “Nueva Normalidad”, en la que usar tapabocas, saludarse con los codos o puños y tener a mano alcohol en gel llegaron para quedarse.

Incertidumbre se ha convertido en la palabra de moda en este 2020, al igual que covid, pandemia, Wuhan y el número de respiradores disponibles en cada centro hospitalario. El mundo, nosotros todos, aún no salimos del asombro mientras las situaciones siguen siendo diferentes según el país del que hablemos.

Así, mientras Brasil ha superado los 60.000 muertos por coronavirus y es el segundo país con más personas diagnosticadas y con más fallecidos, detrás de EEUU, en Praga, la capital de República Checa, decidieron celebrar el fin de la crisis con una cena para la cual se instaló una mesa de medio kilómetro de longitud sobre un famoso puente de la ciudad, al tiempo que el gobierno alemán anunciaba a inicios de junio el lanzamiento de un programa sin precedentes por un valor de US$ 145.670 millones para 2020-2021 con el fin de sacar al país de la crisis causada por la pandemia.

Hablar de Covid-19 es hablar de salud así como también de economía. Para nuestro país se estima que una recuperación económica en “V” (bajada y subida abrupta) está constituyendo un supuesto optimista, mientras los analistas advierten sobre un marcado incremento de la desigualdad en el tiempo que viene.

Así como la marea baja deja al descubierto aquello que antes tapaba el agua, el coronavirus nos ha enfrentado con la certeza humana por excelencia, aquella que nos recuerda que, más tarde o más temprano, moriremos.

Además de este crucial recordatorio, el Covid-19 también llegó para agravar aquellas dificultades personales, familiares y comunitarias que antes estaban pero no veíamos o no queríamos ver: el estrés, la ansiedad, la depresión, el abuso de psicofármacos o los suicidios. Y también las precariedades que en muchos casos son el caldo de cultivo para que afloren todos estos dramas.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu afirmaba que la precariedad “está en todas partes, influye en todo y en todos, desestructurando nuestra existencia y creando miedo e inseguridad”. Precariedad es un concepto con más de 50 años de circulación en las ciencias sociales que hace referencia a las condiciones básicas que permiten o limitan la noción de proyecto personal, familiar y comunitario.

Algo así como la pirámide de Maslow llevada a lo social: ¿cómo pensar en el futuro, en proyectos, si estamos parados en arena movediza, en permanente riesgo de hundirnos y ser tragados por la tierra? Nuestro tiempo ha complejizado la noción de horizontes y proyectos, aquella idea de esforzarse en procura de un bien que llegará más adelante, exaltando por el contrario un presente continuo, que se potencia con el vínculo que establecemos fundamentalmente con la tecnología, en la que todo es ya, doble click o scroll mediante.

Las precariedades de nuestro tiempo abarcan múltiples dimensiones, desde las educativas, culturales y sociales, hasta las económicas y laborales, siendo estas últimas las que hoy posiblemente tienen el mayor poder de afectar e incidir sobre el resto. Sino preguntémosle cómo están pasando a las personas que ven como se esfuman sus fuentes laborales y en consecuencia su capacidad de proyectarse al futuro.

Cuando el piso se mueve y se comienza a derrumbar, cómo es posible pensar en otra cosa que no sea en la supervivencia. Es el fin de los grises y el comienzo del binomio blanco/negro en el psiquismo.

Además de esto, hay que decir que la pobreza de hoy no es la de antes. Dicho de otro modo: desde la proliferación de internet la precariedad y la pobreza no están marcadas por el signo de menos y de la carencia. Hoy la precariedad se articula perfectamente con el exceso de toda clase de objetos, sean estos celulares, televisores, relojes y perfumes falsos, así como, en algunos casos, armas y también drogas

Pobreza hoy no rima con austeridad. Ser pobre en este siglo XXI es diferente a la pobreza que caracterizó al mundo previo a internet. Tal vez como nunca la pobreza de nuestros días está tenuemente asociada con la no satisfacción de las necesidades materiales básicas (techo, alimentación, saneamiento). En cambio, la pobreza y miserias actuales están más ligadas a la incapacidad para consumir. Dicho en modo afirmativo sería así: la nueva pobreza es el consumir por consumir sin relacionar y encuadrar esa actividad en un marco de horizonte social y de proyecto. Algo así como consumir para pertenecer o “existo cuando consumo”.

Tal vez por eso muchos de los sufrimientos psicológicos que se dispararon con la pandemia fueron los de los sujetos ubicados en los extremos. Por un lado los de aquellos que vieron como el suelo que pisaban se comenzó a abrir al irse quedando sin los ingresos para sustentar sus vidas; y, en el otro extremo, los sufrimientos de aquellos que, como hámsters, asistían a la detención de la rueda en la que giraban y “consumían para no pensar”.

Para la organización mundial de la salud (OMS) la salud es: “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Si bien necesaria, esta definición no es suficiente. ¿Por qué? Por la sencilla razón del sujeto omitido en la misma, es decir la sociedad en la que una persona despliega su vida. La definición de la OMS pone el acento en la persona en tanto sujeto atomizado y desligado del tejido social del que con acciones u omisiones contribuye a transformar. En los manuales de psicología internacionales está vigente la idea de que los sufrimientos de las personas nada tienen que ver con las condiciones sociales e históricas que les toca vivir. Como si el contexto no importara, como si viviéramos en una burbuja desconectados de las otras personas y cuyos problemas fueran obra solamente de los conflictos internos en sus o nuestras cabezas. Así, no es casual que las personas crean que sus problemas, así como sus enfermedades, son producto solamente de factores heredados o causas meramente biológicas. Estas por supuesto que importan, pero jamás reduciendo lo micro a lo macro, jamás usando el microscopio y dejando de lado el telescopio.

Somos seres bio-psico-sociales, de modo tal que resulta sesgado y hasta peligroso aferrarse a una ideología sustentada en el entrenamiento de las emociones y el poder sobredimensionado que se le da a la resiliencia, así como al discurso cuyas frases de cabecera son, entre otras, “tú puedes”, “nada es imposible” y “querer es poder”. Estamos ante la ideología y el discurso que tiende a desconocer el factor contextual e histórico de las personas, lógica que pretende tratar lo micro prestando escasa atención a las causas macro.

El peligro de estos abordajes es que poniendo foco únicamente en la persona, como un ser desligado del tejido social, los percances que esta sufra serán de su exclusiva responsabilidad, quedando minimizados eventos y crisis como por ejemplo hoy ocurre con el coronavirus.

No son tiempos fáciles y tal vez nunca lo fueron los anteriores. Sí es cierto que a la salud pública debería incorporarse la desigualdad social como una variable o factor predictor.

En salud mental, cada vez que recibimos a alguien en el consultorio, es preciso comenzar preguntándonos, en el siguiente orden, si la persona frente a nosotros corre riesgo de vida, si tiene cubiertas y satisfechas las necesidades básicas o contextuales (recursos económicos para alimentarse, dormir tranquil@), si tiene conflictos actuales de relevancia y finalmente si tiene o no “activos” conflictos de carácter histórico.

Cuando ese continuo, que va del blanco/negro a los grises, está detenido en sus primeros pasos es imposible, sino estéril, elegir cuál es el estilo de vida saludable que mejor se adapta a nosotros.

Cuando el piso sobre el que se está parado se resquebraja y amenaza con engullirnos es una estupidez meridiana, o lisa y llanamente una negación, pensar si comeremos con o sin gluten, si haremos pilates o mindfulness o si en el verano iremos a una playa en Brasil o en el Caribe.

Sin las condiciones mínimas desde la que poder desarrollarse resulta una utopía en mayúsculas hacer de la sociedad un organismo vivo menos estirado y por el contrario más compacto. Al igual que un pelotón de ciclistas o una bandada de pájaros (organismos vivos por excelencia) necesitamos que la sociedad tenga fuertes pedaleadores que se alternen en la punta, así como líderes coherentes que construyan equipos y no dejen rezagados por el camino.

Normalizar la precariedad es altamente peligroso y tal vez el más potente de los virus. Es crucial que cotidianamente construyamos los modos de colaborar y cooperar en detrimento de alternativas competitivas e individualistas que solo serán, ya no en el mediano y largo sino en el corto plazo, pan para hoy y hambre para mañana.

La sociedad en ascenso que caracterizó al siglo XX ha entrado en crisis hace un buen rato. Las clases medias, allí y allá, tienden a desdibujarse y luchan por no sucumbir ante un presente volátil e incierto, en el que la amenaza de perder el trabajo o ver degradadas las condiciones socioeconómicas terminen atentando contra la salud personal y familiar, tanto a nivel psíquico (miedos, angustia, pánico) como en la esfera corporal, con toda clase de síntomas. Los que viajan en primera clase de la nave puede que sufran, sin dudas, pero lo más probable es que sea por conflictos vinculares actuales o tropiezos propiciados por conflictos de sus historias personales. Los rezagados del pelotón están en otra sintonía, obligados a vivir en un presente continuo y angustiante, en una lucha cotidiana por sobrevivir, rodeados de carencias básicas y con la ausencia de horizontes en los que proyectarse.

El desafío es enorme y cada persona a cargo, ya sea de sí misma, de una familia, de una organización o incluso un país, tiene por delante la tarea de enlazarse a los otros y no aislarse, abandonarse ni alienarse. La tentación de elegir no pensar, esperar que la marea suba o la alfombra tape la mugre está allí agazapada y es siempre dulce.

La crisis en la que nos sumió el coronavirus nos ha alcanzado a todos y ha supuesto impactos disímiles según las variables que se consideren. Más allá de si estabas en “clase turista”, en primera clase o en el pelotón de los rezagados, lo cierto es que en materia de salud mental hay que ir a lo singular, al uno por uno, parar hilar con aquello que es más propio, oscuro e inconfesable en cada cual. Solo brindando un tratamiento a ello es posible hacer de la vida un sitio más amable y vivible.

Terapía sí, pero no solo terapia individual. Vivimos en tiempos de redes, como nuestro contacto con la tecnología lo atestigua permanentemente. Quizás, o al menos es lo que quiero creer, es tiempo de fortalecer, junto a otras acciones que desarrolla el Estado así como instituciones privadas, el primer nivel de atención con más técnicos en salud mental, más y mejores dispositivos que alojen el malestar y esperanzas de la gente, dispositivos en los que encontrar alivio y poder construir soluciones a las dificultades. Es tiempo de fortalecer las redes humanas. Las tecnológicas funcionan de maravilla.

Ni pastillas, ni eslóganes, ni frases motivadoras, ni terapias individuales tienen el poder para cambiar vidas que han sido golpeadas una y otra vez por un mar embravecido. El Covid-19 nos invita a actuar en múltiples niveles y siempre con el concepto de red en mente, con la idea de que el mal y el bien de uno puede ser el mal y el bien de todos. Por supuesto que para todo esto no hay ni recetas ni gurúes iluminados. Solo hay, nada más ni nada menos, personas y equipos que entienden que el bienestar individual no es sin el de sus semejantes.

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