Levántate y pelea

El siglo XX estuvo jalonado por dos grandes guerras mundiales que propiciaron, entre otras cosas, que la mujer pasara de ocuparse casi exclusivamente de la casa y los niños a también decir presente en el espacio público y el mercado de trabajo que otrora “perteneciera” casi exclusivamente al hombre. Un siglo finalizó y otro comenzó y en ese tiempo la mujer, a fuerza de inteligencia, intuición y sacrificio, ha pasado a competir de igual a igual con el hombre cuando de ocupar puestos laborales se trata.

A mediados de siglo pasado una publicación española proponía lo siguiente para la mujer a la hora de esperar a su marido cuando éste llegara del trabajo:

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Actualmente estas recomendaciones y/o sugerencias, por lo menos, resultan descontextualizadas. Hoy es posible pensar que si se volviese a hacer una lista de recomendaciones como ésta, no sería descabellado que los roles se invirtieran, es decir que la que llega de trabajar es la mujer y el que espera en casa es el hombre, ya sea porque salió antes del trabajo o porque tal vez no lo tenga y se haga cargo de las tareas de la casa. Miles de años “con el arco y la flecha cazando bestias salvajes” y ahora a preparar viandas, darle la mema al bebé, llevar y traer a los nenes de la escuela, etc.

El mapa se extravió y frente a esta situación de pérdida de referencias muchos hombres se sienten destituidos, descolocados, desnorteados. La violencia, contracara de la impotencia, es una de la respuestas de algunos hombres. La otra es la entrega, el no-desafío, la huída hacia actitudes infantiles, donde priman los derechos por sobre las obligaciones. No hay dudas: el patriarcado está agonizando.

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Homero Simpson es probablemente el personaje que mejor representa al hombre de los últimos 20-30 años. Sillón, televisión y lata de cerveza son su compañía. Nada de desafíos y de una vida al servicio de algo. ¿Quién es el eje en esa familia, la que llama al orden a Homero y le dice por dónde tiene que transitar? Marge, su esposa. ¿Será casualidad que al personaje lo hayan dibujado con ese pelo azul “firme y elevado”?

El “rudo” hombre Marlboro o el potente, resolutivo y efectivo Señor Ingalls son cosas del pasado.

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Las soluciones totalizadoras y lineales (estudio, trabajo y jubilación) se están esfumando. “Los hombres no lloran” (barré tus emociones debajo de la alfombra) como paraguas desde el cual construir la masculinidad ya no ofrece garantías.

En un mundo donde cada vez menos se trata de escalar (en la pirámide organizacional) y cada vez más de tejer (tejer redes, relaciones), la inteligencia emocional llegó para reinar. Conocerse, hacerse preguntas, saber de los resortes internos que nos marcaron y marcan, elaborar los conflictos personales es hoy el peaje para poder hacer equilibrio (psíquico) en el rock & samba.

El hombre descolocado, desorientado, que ve como los referentes que garantizaron el acceso y permanencia en el universo de lo masculino se desmoronan (el trabajo fundamentalmente), deambula entre la violencia/impotencia y el infantilismo.

Muchas mujeres asisten perplejas y también desorientadas ante estas realidades, preguntándose “dónde están los hombres”, aquellos que protegían, que tenían iniciativa y ambiciones. Muchos hombres también se preguntan dónde están aquellas mujeres que, a diferencia de la chica que va al médico, se dejan cortejar y “cazar”, que “se dejan oler y luego morder”.

Muchas mujeres de hoy han pasado de “gacelas a leonas, de presas o depredadoras” y muchos hombres no saben cómo afrontar este fenómeno, fundamentalmente porque no pueden preguntarse cómo les afecta esto y a partir de allí brindar una respuesta.

La angustia del hombre gira en torno al poder, entendido este como potencialidad, como proyecto: “¿qué podré dar, qué podré hacer, qué podré ser?”. Son preguntas singulares, caso a caso, diferentes para cada hombre según su historia. El hombre claudica cuando deja de responderse a sí mismo la siguiente pregunta: “¿cómo haré para extraer de mí mismo más de lo que hay en mí?”.

En otras palabras, si seré capaz de superarme, de intentarlo, de levantarme aún cuando esté caído en la lona (como el campéon Mohamed Alí en la imagen de cabecera), de desafiarme, de ponerme a prueba, de asumir que la potencia se gana en el cuadrilátero, dando pelea y comprendiendo que la competencia es con uno mismo.

5 comentarios sobre “Levántate y pelea

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