Lágrimas en el cielo

Es una de las baladas más populares de la historia del rock, al punto tal que la revista Rolling Stone la coloca en el puesto 362 de las mejores 500 canciones del rock. A su autor e intérprete la canción le otorgó tres premiso Grammy en 1993: canción del año, grabación del año y mejor interpretación vocal pop masculina. Tears in heaven es una canción que Eric Clapton compuso luego de la trágica muerte de su hijo Conor en marzo de 1991.

En nuestro tiempo, el fenómeno de la muerte no vende ni tiene buena prensa. Es de esas cosas que se barren para debajo de la alfombra, como lo que sucedía con la sexualidad hace 30 o más años.

“Respeta la vida quien respeta la muerte. Toma en serio la muerte, quien toma en serio la vida, esa vida, mi vida, la única vida que me ha sido concedida, aunque no sepa por quién e ignore por qué. Tomar en serio la vida significa aceptar firme, rigurosamente y lo más serenamente posible, su finitud”. – Norberto Bobbio –

La tragedia que terminó con la muerte de Conor sucedió el 21 de marzo de 1991, cuando el hijo del músico británico y la modelo italiana Lory del Santo cayó, en circunstancias accidentales, del piso 53 de un hotel de Nueva York donde se estaban alojando el niño y su madre. Por esa época, según cuenta la modelo italiana, Clapton estaba poco presente en la vida de su hijo y el día previo al fatal accidente, padre e hijo habían estado juntos. Del Santo lo recuerda así: Lo pasaron realmente bien. Cuando Eric regresó, me miró y me dijo que por fin entendía lo que significaba tener un hijo y ser padre. Estaba muy feliz. Era la primera vez que Eric había pasado unas horas a solas con nuestro hijo. Conor, por su parte, estaba muy emocionado por el día tan maravilloso que había pasado con su padre”.

¿Le suena conocido? Velatorio, entierro, amigos, conocidos y familiares acompañando, noche de corrido en la sala velatoria, silencio, vestir de negro, visitas al cementerio, supresión de las celebraciones durante un tiempo y silencio, mucho silencio. Así, con más o menos matices, eran los rituales que acompañaban al tiempo posterior a la muerte y/o pérdida de alguien significativo. La muerte se lloraba con pena y duelada durante un tiempo considerable.

Tal vez por la aceleración del tiempo en el que estamos viviendo, donde pareciera que todo obedece al ritmo del doble click, los modos y maneras en que se hace frente a la muerte y sus asociados (la finitud, la vejez, las enfermedades, las pérdidas en general) están registrando cambios a nivel del tejido social como personal.

Hoy la muerte es banalizada y negada, al tiempo que el dolor es eludido y combatido con los “vamo’ arriba, vos podés”. Nuestro tiempo parece que es light y express o no es. Así, el proceso que seguía a una pérdida hoy tiene su versión rápida, con rituales muchos más cortos y con el abatimiento de las señales que comunican que alguien ha sufrido una pérdida y se encuentra en proceso de duelo.

Hablar de duelo es hablar de proceso y de acompañamiento. No es una enfermedad sino dolor psíquico, normal, esperable y proporcional en sus efectos a la significación que aquello que se perdió tenía para la persona.

En una entrada previa decía lo siguiente sobre el duelo: Aquel que tiene que duelar se encuentra con la tarea de recoger los lazos (invisibles y poderosos) que le unían a alguien o algo. Ese proceso demanda tiempo y no se cura con pastillas ni con arengas motivacionales. Como proceso natural y singular (todas las personas somos diferentes) requiere de la presencia, aceptación, escucha y empatía de quienes rodean a aquel que está sufriendo. Negar la angustia y el sufrimiento con argumentos y palabras huecas es como tapar una herida infectada en el cuerpo. Lo que no se deja salir y en consecuencia elaborar puede terminar provocando daños irreversibles.

Un duelo normal, si es que pudiéramos llamarlo así, conlleva decaimiento, desinterés, inactividad  empobrecimiento afectivo para con el mundo exterior. Anormal sería sentirse de otra forma; anormal son los extremos, que en estos casos serían una supuesta fortaleza (insensibilidad) como una debilidad extrema que haga parecer que la persona doliente esté a punto de quebrarse.

En El patrón del blues, documental sobre su vida, Clapton dice: “Conor fue lo primero que me pasó en la vida que realmente me llegó al corazón y me hizo pensar: ‘Es hora de madurar”.

En el tiempo del duelo, el alivio adviene progresivamente y deviene más positivo de la mano de la expresión de lo que se siente, recordando con palabras aquello que se ha perdido.

Nueve meses después que su hijo muriera, Clapton compuso Tears in heaven. Declara en el documental: “Estábamos yo y mis pensamientos. Recuerdo que empecé a abrir las cartas de condolencia, que eran miles, y entre ellas se coló una de Conor. La había enviado unas semanas antes, cuando estaba en Milán con su madre. Decía: ‘Te quiero, quiero volver a verte. Un beso’. En ese momento me di cuenta de que si podía pasar por aquello sin beber, podría hacer cualquier cosa. Fui consciente de que podía hacer de esa tragedia algo positivo y dediqué mi vida a honrar a mi hijo. Cogí una guitarra española y durante meses la toqué y toqué para intentar afrontar la situación. La música me salvó, se llevó el dolor… Escribí Tears in heaven para mí porque me sentía terriblemente mal”.

El duelo es singular y no existe un protocolo universal que de cuenta de cómo debe ser transitado. Lo que no funciona es distraer, disimular, minimizar ni apurar ese proceso, cuya elaboración lleva su tiempo, es individual, se da de forma progresiva y también con discontinuidades (no es lineal).

Clapton, gracias a su arte, hizo algo con su dolor y a través de él pudo ir superando lo ocurrido. Para ambos, Clapton y del Santo, la vida continuó. Para el músico británico volviéndose a casar y teniendo tres hijos más, en tanto que la modelo italiana tuvo dos hijos tras la muerte de Conor, uno de los cuales se quitó la vida en 2018. Tal vez Clapton siga elaborando con cada acorde de su canción la trágica pérdida de su pequeño hijo, mientras que su madre esté teniendo que atender un futuro menos luminoso tras el deceso de otro de sus hijos.

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