Vivimos en una época que promete todo y al mismo tiempo exige más de lo que muchas personas pueden dar. La aceleración, la hiperconexión, la incertidumbre permanente y la cultura del rendimiento no son solo fenómenos sociales abstractos. Tienen efectos concretos en los cuerpos, en los vínculos, en el psiquismo. Y ese impacto no siempre se ve, pero se siente.
Aceleración y sobrecarga
Todo debe ser rápido. Decidir, actuar, resolver. El tiempo para procesar lo que nos pasa se ve reducido. El descanso se vuelve un lujo, la pausa una amenaza. Así, la ansiedad gana terreno: no solo como síntoma, sino como estilo de vida.
Hiperconexión y aislamiento
Estamos más conectados que nunca, pero muchas veces más solos. Los vínculos tienden a lo superficial, a lo inmediato, a lo que no molesta. En ese escenario, cuesta encontrar espacios reales donde compartir lo que duele o lo que pesa. El aislamiento se vuelve subjetivo, incluso estando acompañados.
Autoexigencia y perfeccionismo
La vara está alta y la ponemos más alta aún. El ideal de éxito, productividad y bienestar individual permanente deja poco margen para el error, la duda o el dolor. Pero la vida real no es un feed curado: es incompleta, ambigua, incierta. Y sin lugar para la falta, no hay deseo posible.
Incertidumbre estructural
Lo incierto ya no es solo un momento: es una condición del vivir. Trabajo, relaciones, identidad, futuro… Todo parece frágil. Este entorno VUCA (volátil, incierto, complejo y ambiguo) genera fatiga, confusión y, muchas veces, parálisis.
Medicalización del malestar
Frente a tanto malestar, la respuesta dominante suele ser individualizante: medicalizar, etiquetar, “gestionar emociones” como si fueran un checklist. Pero hay sufrimientos que no se curan con tips, sino con sentido, palabras y acompañamiento.
Una clínica situada en el presente
Desde la clínica —y también desde la consultoría en organizaciones— veo cada día cómo estos rasgos de época atraviesan la vida de las personas: generan síntomas, tensan vínculos, empujan a silencios. No se trata de patologizar la vida cotidiana, sino de entender que hay formas de sufrimiento que no son solo individuales, sino estructurales. Y que la salida no siempre es hacia adelante, sino hacia adentro.
¿Cómo escuchamos el sufrimiento hoy?
Escuchar sin juzgar. Nombrar lo que duele. Pensar juntos lo que cuesta. Esas son formas de resistencia. Y también de reparación. Porque no hay recetas, pero sí hay modos de acompañar. Y si vivimos en tiempos difíciles, necesitamos espacios donde eso se pueda pensar, tramitar y transformar.
¿Te interesa profundizar en este enfoque para tu equipo, tu proceso terapéutico o tu rol de liderazgo? Conversemos. Trabajo justamente en ese cruce entre subjetividad, vínculos y contexto.
Crédito de la imagen destacada: https://www.pexels.com/es-es/foto/persona-de-chaqueta-negra-sosteniendo-paraguas-caminando-sobre-suelo-cubierto-de-nieve-5264122/
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Querido Agustin, todo lo que compartes le llega al alma, estoy pasando por cosas parecidas y por suerte sé canalizarlas, me ayudo concurriendo a talleres varios en la asociación de jubilados, justo antes de fin de año terminé mi consulta con la psicóloga pero siento que tengo que retomar. ahora el frío me condiciona a salir ya que los empujes son fuertes, por eso trato de concurrir a los talleres porque estoy sola y aunque hago muchas actividades manuales en casa pero estar en compañía con otra persona es importante. Bueno, desde El Pinar, te mando un abraso fuerte, sigue adelante y cuídate mucho del frío. Gracias, Gracias, Gracias, Elizabeth
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Elizabeth, buenas noches.
Qué alegría saber de vos y además que disfrutes de las reflexiones que comparto.
Ojalá pronto puedas retomar las actividades que tan bien te hacen.
A seguir por ese camino.
También cuidate del frío.
Abrazo grande
Agustín
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