La psicoterapia como arte del umbral

Hay momentos en la vida en los que no estamos “mal”, pero tampoco estamos bien. Seguimos funcionando, cumpliendo, sosteniendo, pero algo ya no encaja del todo. No es una crisis ruidosa. Es más bien un desgaste. Una forma de cansancio que no se va durmiendo ni “poniendo voluntad”.

A ese lugar me gusta pensarlo como un umbral. No es todavía una caída, pero tampoco es el mismo suelo de antes. Es un punto intermedio, incierto, a veces incómodo, donde lo viejo ya no alcanza y lo nuevo todavía no tiene forma.

En esos momentos solemos hacer lo que aprendimos: luchar, empujar, apurarnos a salir. Luchar contra el malestar. Luchar contra la tristeza. Luchar contra la confusión. Como si el dolor fuera un enemigo y no una señal. Pero muchas veces el dolor no pide lucha. Pide palabra.

La depresión, por ejemplo, no siempre se vive como tristeza abierta. A veces es bronca callada. O enojo que no encontró salida. O una fuerza vital que quedó vuelta hacia adentro, como un agujero negro que va chupando todo.

Otras veces se parece más a una herida: no visible, no escandalosa, pero cerrada en falso. Tapada durante años. Funcionando igual. Hasta que se infecta. No se cura apretando los dientes. No se cura luchando contra ella. Se cura cuando puede abrirse, cuando puede drenar, cuando puede decirse.

Pone palabras donde había ruido, ritmo donde había urgencia y borde donde todo se mezclaba. Acompañar no es empujar. Es sostener la presencia mientras algo empieza a decirse.

Hablar no resuelve todo. Pero cambia algo fundamental: el dolor deja de estar solo. Y a veces, eso es lo primero que permite que algo empiece a transformarse.


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4 comentarios sobre “La psicoterapia como arte del umbral

  1. Gracias, gracias, gracias, me hizo mucho bien esta nota. Ya cumplí 70 años y hoy lo que más duele es la soledad, lo mío es una soledad momentánea, vivo sola, pero tengo dos hijos maravillosos de quienes me siento orgullosa, una nieta de 8 años que es un arco iris para mi. Lo que hoy me entristece es el hecho de no poder ver a mi nieto mayor. La última vez que lo vimos tenía 11 años, después que nació, la mamá que nunca quiso casarse, sólo hizo falsas denuncias contra mi hijo y siempre las audiencias daban a favor de mi hijo. Mi nieto venía cada tanto, cuando a la madre se le daba la gana, hay fotos, dibujos, textos que mi nieto me escribió. Con 5 años, volviendo de la playa (la mamá es de Montevideo, se mudó a Pque. del Plata y ahora están en Salinas) tomado de mi mano me dijo, abuela: mi mamá no te quiere y al abuelo tampoco, alcé mis hombros y puse cara de pena, entonces él dijo: pero yo te amo!!!!! caí de rodillas, mi hijo que iba delante, también, lo abrazamos fuerte y lloramos, él nos abrazó con una sonrisa. Después de la última audiencia, cuando mi nieto tenía 11 años, dando todo a favor de mi hijo, el expediente durmió en un cajón por 3 años, cuando al fin mi hijo se pudo volver a ver con mi nieto, besos abrazos, mi nieto le dijo a su padre que lo extrañaba, pero ya en el segundo encuentro me contaba mi hijo, que mi nieto estaba un poco más distanciado. Habrán pasado 3 semanas de las cuales se veían 2 veces por semana, mi nieto pidió para hablar con la asistente social y le terminó confirmando a su padre que no quería volver más, que su mamá tenía un compañero y que él se llevaba muy bien con este señor, que él lo quería, a su padre, pero no quería volver más. Ahora entiendo que mi gran temor es morir sin volver a ver a mi nieto, gracias Agustín, perdón por el relato tan largo, mi nieto también se llama Agustín, pero GRACIAS porque tus relatos son muy profundos y me llegaron al alma. Nuevamente GRACIAS. Elizabeth


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    1. Querida Elizabeth,

      gracias por tomarte el tiempo de escribir y por compartir una historia tan cargada de amor, dolor y presencia.

      Se siente en tus palabras cuánto has sostenido, cuánto has querido, y también cuánto duele aquello que no pudo seguir siendo como se deseaba. La soledad que nombrás no es solo estar sola: es haber amado mucho y, aun así, tener que aceptar límites que no elegiste.

      Me alegra saber que el texto te hizo bien y que pudo acompañarte, aunque sea un poco, en ese recorrido. A veces no se trata de resolver ni de aliviar del todo, sino simplemente de que lo vivido encuentre palabras y un lugar donde ser dicho.

      Gracias nuevamente por leer, por escribir y por tu sensibilidad.

      Te mando un saludo cálido.

      Agustín

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