En la cultura actual, marcada por la hiperproductividad y la exigencia de estar “siempre bien”, resulta incómodo admitir que atravesamos momentos de tristeza, angustia o cansancio profundo. Lo que antes se reconocía como parte de la experiencia humana —el duelo, la incertidumbre, la frustración— hoy suele ser visto como un problema que hay que eliminar rápido, ya sea con pastillas, rutinas de rendimiento o frases motivacionales enlatadas.
Sin embargo, sentirse mal no es un error ni un defecto personal: es una señal. Un indicador de que algo en nuestra vida, en nuestros vínculos o en nuestro mundo interno necesita atención. Cuando un vínculo duele, cuando atravesamos una pérdida o cuando el ritmo de la vida se vuelve insoportable, el malestar aparece como testigo de que lo que vivimos tiene un impacto real en nosotros.
El problema es que, en un contexto que celebra la velocidad y la autoexigencia, estas experiencias suelen ser deslegitimadas. Se espera que volvamos rápido a la “normalidad”, como si sentir fuera un obstáculo para la productividad. Este mandato cultural deja poco espacio para reconocer que la tristeza, el enojo o la angustia también cumplen una función: nos permiten procesar lo que vivimos, reelaborar experiencias y, a veces, redefinir prioridades.
Nombrar lo que sentimos es un primer paso fundamental. Porque lo que no se nombra no desaparece: se actúa, se somatiza en el cuerpo o se traduce en síntomas que nos desconciertan. Encontrar palabras para el malestar nos da un mapa para atravesarlo. Poner en palabras la angustia, el vacío o el dolor abre una distancia que permite pensar y no solo sufrir.
Aquí es donde el espacio terapéutico cobra valor. No como un lugar para dar consejos ni recetas rápidas, sino como un ámbito donde el malestar puede tener voz. La escucha analítica permite alojar lo que duele sin juzgar, sin apurar y sin patologizar aquello que forma parte de la experiencia humana.
Estar mal no es estar enfermo. Es reconocer que somos seres atravesados por emociones, vínculos y contextos. Es aceptar que necesitamos tiempo y acompañamiento para elaborar lo que nos pasa. Y, sobre todo, es recordar que pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino un gesto de cuidado hacia nosotros mismos.
Si sentís que el mandato de “estar siempre bien” te pesa, abrir un espacio de conversación puede ser un primer paso para darle palabras a lo que hoy duele y transformarlo en algo que pueda ser vivido de otro modo.
Crédito de la imagen destacada: https://www.pexels.com/es-es/foto/hombre-sentado-delante-de-la-ventana-3244604/
Descubre más desde Agustín Menéndez
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
