Cuidar con otros: lo que aprendí trabajando en una red de residenciales

Acompañar el desarrollo organizacional de una red de residenciales (Grupo Life) ha sido, y sigue siendo, una de las experiencias más significativas de mi trayectoria profesional. No por su escala, ni por su complejidad técnica —que sin duda las tiene—, sino por lo que implica a nivel humano: estar al servicio de quienes cuidan, para que puedan hacerlo mejor, con más respaldo, más sentido y más bienestar.

Trabajar en este contexto es convivir con una tensión permanente: la necesidad de garantizar calidad y calidez en el cuidado, mientras se enfrentan diversos desafíos, que van desde la alta rotación del personal, el desgaste emocional y una demanda social que no para de crecer. Pero también es entrar en contacto con una fuerza vital que muchas veces pasa desapercibida: la de los equipos que todos los días sostienen el cuidado con compromiso, creatividad y humanidad.

Desde mi rol, he tenido la oportunidad de dialogar con encargadas, cuidadoras, cocineras, gerentes, dueños, familiares y residentes. De estar presente en foros, reuniones y espacios cotidianos de trabajo. De escuchar historias, detectar patrones, tender puentes y abrir preguntas. Y, sobre todo, de acompañar procesos donde las personas se animan a revisar, a pensar juntas, a cambiar hábitos, a buscar un rumbo común.

No hablo de aplicar modelos cerrados ni de ofrecer respuestas enlatadas. Hablo de estar ahí, con una brújula más que con un mapa, ayudando a encontrar caminos posibles.

He visto cómo el clima laboral cambia cuando se habilita la palabra. Cómo mejora la confianza cuando las líderes sienten que no están solas. Cómo se potencia la tarea cuando alguien siente que su trabajo tiene sentido. Y también he visto los límites, las resistencias, el cansancio que se acumula. Porque trabajar en cuidados no es fácil. Y por eso necesita ser sostenido por una red —institucional, emocional y organizacional— que lo haga posible.

A veces pequeñas, a veces estructurales. Pero siempre valiosas.

Hoy sigo acompañando ese proceso con la misma convicción: la de que el cambio es posible, si es compartido. Que el bienestar no es un lujo, sino una necesidad estratégica. Y que cuidar bien a otros comienza por cuidar cómo trabajamos juntos. Porque, en definitiva, no se trata solo de gestionar servicios. Se trata de sostener humanidad. Y eso, más que una tarea, es una responsabilidad colectiva.


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